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El borracho | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

El borracho

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Sacó el tetrabrik de la bolsa, le quitó la pinza con que lo cerraba y pegó un largo trago de vino que rebosó su boca, se deslizo por la barbilla sin afeitar desde hacía mas de una semana y acabó ensuciando, aún mas, su camisa. Cerró el tetrabrik y se limpio la cara con el antebrazo. Miró, apoyando todo lo que pudo la barbilla en el pecho, la mancha de vino e intentó, torpemente, limpiarla con la mano, mientras miraba, con el desprecio del borracho, a la mujer que pasaba por delante suyo, que a su vez le echaba una mirada, mezcla de repugnancia y de lástima. ¿qué quieres, puta vieja? ¿qué miras? ¿no has visto nunca a un borracho en tu puta vida? Mientras que la mujer giraba la cabeza para mirar a otro sitio y aceleraba el paso, Manuel intentaba levantarse, apoyando una mano en el suelo y la otra en la pared contra la que había estado apoyado. Logró, tras varios intentos inútiles, ponerse por fin pie. Se acordó entonces de la mujer, que ya se encontraba a quince o veinte metros, y dirigiéndose a ella grito con todas las fuerzas que tenía “puta, mas que puta”.

Hoy iba a ser su gran día, hoy iba a hacerlo por fin. Recordaba la conversación de anoche, cuando Pepe se reía de él y le decía que no tenía cojones porque no los había tenido nunca en su vida. Se enfadaron bastante y, a pesar de compartir casi dos años de calle, estuvieron a punto de pegarse de verdad. La cosa no llegó a mas porque eran compañeros y, sobre todo, porque estaban demasiado borrachos.

Manuel sabía que Pepe llevaba razón aunque no se lo reconocería nunca. Sabía demasiado bien que había sido toda su visa un cobarde. De pequeño, en el colegio, era incapaz de defenderse cuando cualquiera se metía con él, prefería esconderse para salir corriendo en cuanto podía. Después, al llegar a casa, se lo contaba a su madre y se refugiaba en la cálida protección de sus brazos. A su calor se sentía feliz y tranquilo.

Bebió otro trago de vino, que siguió un recorrido parecido al de antes, mientras pensaba que hoy si, hoy sería capaz de hacer algo grande, algo de lo que se acordaría con orgullo toda su vida, algo que le borraría de sus recuerdos sus miedos, sus miedos en las manifestaciones de la universidad, sus miedos que le hicieron perder muchas clases ante la menor sospecha de que hubiese una asamblea o una manifestación. Recordó cómo dejó escapar a la única mujer que había querido en su vida, aquella chica por la que no luchó, cuando debía haberlo hecho, contra los padres de ella y contra los de él, sabiendo que para ella, él también era el amor de su vida. Después, huyendo, se casó por casarse, sin amor, para tapar una cobardía con otra. Como vivió, sin amor, años con su esposa hasta que ella lo dejo, harta de sus incapacidades, de sus miedos y de que escondiese en las botellas de coñac.

Cuando se dio cuenta de todo, su vida ya había pasado con solo cuarenta y ocho años. Ahora solo le importaba conseguir unos euros para comprar vino barato en cualquier bazar de chinos o de paquistaníes. Su único objetivo era beber, beber para tener el cerebro empapado en alcohol de forma que ni siquiera recordase de la ultima vez en que había meado.

Pero hoy estaba decidido. Estaba decidido a dejar de ser un cobarde y a llevar a cabo el plan que tenía pensado desde hacía unas semanas. Le había costado decidirse, coger fuerza mental para decidirse. Y estaba decidido. Cuando le contó el plan a Pepe, éste le contó que era una gilipollez, una inmensa y peligrosa gilipollez. “Tu ya no estás para estas cosa. Estas acabado, como yo. Y ¿qué mas te da?” le había dicho. El respondió que estaba equivocado, que era verdad que era una ruina humana, un borracho sin cura. Que estaba convencido que no aguantaría los fríos del próximo invierno, teniendo en cuenta lo mucho que bebía y lo poco que comía desde hacia meses. Pero que tenía que demostrase que era capaz de ser valiente por una vez en su vida, que ya estaba harto de esconderse en su madre, en la cama, en las excusas o en la bebida. No lo entiendes, no puedo morirme habiendo sido una mierda toda la vida.

Lo sacó de sus pensamientos una bicicleta que, pasando demasiado cerca de él, hizo que acabase tirado en el suelo de la acera. “Hijo de puta, cabrón. Así te pille un cáncer y te mueras, cabrón”, dijo gritando al ciclista al que ya ni podía ver. Un par de personas acudieron a ayudarle. ¿está bien? ¿le ayudamos? le preguntaron. “Que os den por el culo, cabrones de mierda. A mi no me hace falta ayuda de nadie, iros a tomar por el culo, cabrones de mierda”, les respondió, mientras intentaba levantarse sin la ayuda ahora de ninguna pared en la que apoyarse.

Un día, ya viviendo en la calle, vio a su gran amor. Seguía igual de guapa que cuando la iba a buscar a la puerta de la Central, donde ella estudiaba letras. Al verla recordó como después iban a pasear por las ramblas, acabando en la tranquilidad de un banco en los muelles, donde podían abrazarse y besarse sin que nadie les molestará. Estaba seguro que ella lo había reconocido, pero él no le dio ocasión a hacer ni decir nada al cruzar la calle y desaparecer de su vista lo mas rápido que pudo. Hubiese preferido no habérsela encontrado nunca, que ella hubiese mantenido en su recuerdo la imagen de entonces y no la de un borracho acabado. Fue aquel día cuando decidió que haría lo que tenía que hacer.

Le faltaba poco para llegar a su destino. Lo había escogido cuidadosamente después de días de búsqueda y de observación. Lo escogió porque su circulación era intensa a cualquier hora del día y siempre había muchas motos. Las motos le gustaban porque siempre arrancaban en los semáforos de golpe y anticipándose a la luz verde del semáforo.

Ya había llegado. Como había previsto había mucha circulación y muchas motos. Esperó a que el semáforo de los peatones se pusiese en rojo y entonces empezó a pasar, poco a poco, tambaleándose. Miraba a los motoristas y a los coches con orgullo, el cuerpo estirado todo lo que podía, mirándolos a los ojos, con la misma mirada y sonrisa que debía de haber tenido Hillary cuando llegó a la cima del Everest. Nadie tocó el claxon, todos estaban mirándole en silencio. Al llegar al centro de la calzada, alzó el tetrabrik en su mano derecha y, usándolo a modo de montera, saludó a todos, de la misma manera en que había visto hacerlo a José Tomás en sus tardes de gloria, saludando como el triunfador en que se había convertido al parar él solo la circulación de la Gran Vía un viernes a las siete de la tarde.
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