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La joie de vivre | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La joie de vivre


Henri Matisse, Joie de vivre 19052

El bebé acaba de salir de la barriga de su madre, ha sido un parto normal. La comadrona le pone una pinza en el cordón umbilical y a continuación lo corta. Sin lavarlo aún lo coge por los pies y le da un suave golpe en el culo, el niño empieza a llorar. Se lo enseña a la madre, que exhausta, sonríe como, posiblemente, no lo ha hecho nunca. La comadrona limpia al bebé con un paño húmedo mientras que el niño sigue llorando y por fin se lo pone, a la madre, encima del pecho. Sigue llorando un rato hasta que su madre pone el pezón en su boca.



Los reyes magos le han traído una pistola de aire comprimido. A sus siete años se siente como los vaqueros que ve, semana si y semana también, en las películas de la sesión doble del cine de su barrio. Solo tiene un problema: en casa no hay ni indios ni cuatreros, solo tiene dos enemigos: su hermana y el gato de su hermana. Ha de escoger cual será el primero con el que ajustar cuentas. El gato es mas astuto y solo le araña cuando él le hace alguna trastada; su hermana le pega con frecuencia sin motivo. Carga la pistola, se esconde en el pasillo y en cuanto la ve aparecer le dispara a la cabeza, falla y el balín acaba en su estomago. Hay un grito de dolor y sorpresa. Es agarrado por el pelo, recibe una bofetada, y su pistola sale volando por la ventana del cuarto piso en que viven.



Cada día, en el recreo, juega con sus amigos un partido de fútbol en la pista del colegio. Uno no, cuatro o cinco a la vez. Los partidos antes de tiempo, en el momento en que uno de sus amigos chuta otra pelota. Entonces el grandullón de siempre les pega. Él, siempre sale en defensa de sus amigos y al final siempre acaba recibiendo. Ahora, el grandullón, ya le pega en todos los recreos, con pelota o sin ella, y hay muchos días en que lo espera en la calle. No sabe que hacer, no se atreve a decírselo ni a sus padres ni a los profesores: el no es un chivato.



La voz del cura dice “Dígame usted las comarcas de Burgos”. El niño se queda callado, inmóvil. No sabe ni donde está Burgos a pesar que ayer lo estudió, sabía que hoy tocaba preguntarle a él. Está bloqueado, es incapaz de recordar nada. Se oye otra vez al cura “Le he dicho que me diga las comarcas de Burgos”

El padre Carlos se levanta y empieza a pegarle. Lo abofetea, lo coge del pelo y lo tira contra la pared, le propina patadas en el cuerpo hasta que se cansa y luego vuelve a la mesa.

“De rodillas con los brazos en cruz en la esquina”, le dice, “y para mañana me trae copiadas mil veces ‘las comarcas de Burgos son: la Lora, la Bureba y la Campiña del Arlanzón”.



Los policías entran nuevamente en la celda. Uno es un tipo bajito con bigote, los otros dos van vestidos con uniforme gris.

—Bueno Manolo ¿nos van a contestar hoy a alguna pregunta sin hacernos trabajar o nos vas a joder el día como durante la última semana?—pregunta el bajito.

Los dos policías de uniforme lo cogen por los brazos y lo sientan con dificultad en la silla que había en mitad de la habitación

—¡Me cago en tus muertos Manolo! ¿te crees que me gusta hacer estas cosas? ¿no te crees que estaría mejor tomándome un carajillo o un cubata en el bar de la esquina? ¿Hablas o no de una puta vez?

El preso sigue con su cabeza agachada como si estuviese mirando el suelo fijamente, y solo cambia su postura, para mirar a los ojos del tipo bajito cuando empiezan los golpes.



Son las diez y media de la noche. La cena lleva puesta en la mesa desde las nueve. Oye el ruido de la puerta de la calle abrirse y a continuación la respiración jadeante de siempre que llega borracho. Los niños, por suerte, hoy están dormidos hace rato. El entra en el comedor con los ojos rojos, la mirada llena de odio. Se acerca a ella y a la vez que la llama puta, le pega un puñetazo en la cara. Cae al suelo sin llorar, ya hace semanas que no llora.



Tiene cuarenta y ocho años, lleva trabajando en la empresa doce. Está casado, tiene dos hijos y una hipoteca. Su mujer está en el paro. Sabe que la empresa va bien, no tan bien como años atrás, pero que sigue dando dinero, mucho dinero. Él, gana mil doscientos euros al mes y trabaja diez horas al día. Nunca ha cobrado una hora extra.

El dueño lo llama a su despacho, le dice que es un empleado ejemplar, que está contento con él, pero que la empresa va mal, que tiene que bajarle el sueldo un diez por ciento, que lo lamenta en el alma y que si no quiere, y con mucho pena por su parte, le dará una indemnización por despido de ocho meses.



Lleva dos semanas sin levantarse de la cama del hospital. A las visitas ya no les hace ni caso, ni siquiera les agradece que hayan venido a ver la ruina humana en la que se ha convertido. La morfina no hace nada para quitarle el dolor que siente en sus entrañas. Sabe que le queda poco, horas, días como mucho. No le importa ya morir, lo está deseando. Por dura que sea la muerte lo será menos que el dolor que siente, sabe que no tiene cura. Ha oído a los médicos decirle a su mujer que con la reducción de costes se han eliminado en parte los tratamientos paliativos del dolor.

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