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Siniestro y Gritón | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

Siniestro y Gritón

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Cada día llega andando, con la trinchera de piel negra, mas abierta aún por las manos que siempre lleva en los bolsillos de los pantalones. El pelo largo, sobre el hombro, con inicio de calvicie, peinado hacia atrás, moviéndose con un  ritmo senoidal, igual que el resto del cuerpo, marcado por sus pasos.

Son las seis y media cuando llega al Pans and Company y pide su primer café con leche. Las empleadas ya le conocen y no les sorprende ni su aspecto, ni la palidez de su cara. No les pasa los mismos a los clientes que se lo miran con  expresión de extrañeza, de sorpresa, hasta que se tranquilizan al ver la placidez de su expresión y vuelven a su merienda. Estarían de acuerdo con el mote de ‘siniestro’ que le han puesto las camareras aunque saben que es un pobre diablo solitario y bonachón. Con el vaso en la mano se acerca hasta el fondo del local. Retira una mesa de forma que él quede oculto una vez sentado, que desde la calle solo se puedan ver sus manos pero que él pueda ver a la gente que pasa. Se queda sentado jugando con los vasos de papel (nunca más de tres), con los sobres de azúcar y con las paletinas de plástico, sin nada más que hacer salvo echar un trago de vez en cuando. Dos veces se levanta para ir al lavabo momento que aprovecha para comprar otro café, siempre con leche. Esta en la mesa mirando de vez en cuando por la ventana, sin ser visto, hasta las nueve y media, momento en que se levanta, tira los vasos de papel a la papelera, vuelve a colocar la mesa en su sitio y se despide amablemente con una sonrisa y un hasta mañana. Cruza el semáforo, bordea la verja del parque y desaparece por el mismo fondo, ahora semioscuro, por el que apareció a media tarde, siempre mecido por el vaivén de su andar.

Lleva dos días gritando en la isla peatonal que hay pintada en el cruce de las tres calles. No ha parado de hacerlo ni durante la noche. Nadie sabe lo que dice pues no se le entiende. Grita y grita mientras blande una hoja arrugada de papel en su mano derecha. Si se acercase uno a ella vería que está en blanco. No sabe porqué grita pero la rabia interior hace que no pare de hacerlo. No sabe eso ni tampoco, la mayor parte del tiempo, quién es él. Incluso cuando, en momentos de lucidez, lo recuerda, está seguro que la memoria lo traiciona. Entre trago y trago se inventa una vida, una historia, mil excusas nuevas cada día para sentirse desgraciado. Eso es lo que más le gusta: sentirse un desgraciado pues le justifica la bebida y mantenerse borracho permanentemente. Ayer fue el astronauta que erró en una maniobra y por su culpa perdió a toda la tripulación. La semana pasada un padre de familia que mientras encendía un cigarrillo sacó el coche de la carretera muriendo su mujer y sus dos hijos en el accidente. Mañana será una mujer africana violada y torturada por una banda de rebeldes. Ahora mismo es el padre cuya hija ha sido secuestrada y asesinada por alguien que la ha dejado tirada en la cuneta, semi desnuda, encima del fango, empapada. Es él quien la ha encontrado después de horas buscandola. La ha cogido en brazos y ha andado hasta el pueblo bajo la lluvia sin hacer caso a la policía o los vecinos. Es quien ha jurado vengarse del asesino y por eso grita, sin parar, su dolor igual que gritó ayer por los astronautas, la semana pasada por su familia y mañana lo hará  de pánico en manos de los guerrilleros.

Siniestro llega, de acuerdo a su monótona rutina, a las seis y media, al Pans and Company. Antes de entrar, mientras cruza la calle, ha visto al borracho gritando, con los pantalones caídos, enseñando los calzoncillos marrones y blandiendo una hoja de papel en su mano. Sin inmutarse ha ido  hacia la puerta del local. Gritón al verlo pasar ha unido su imagen a la de un imaginario cuerpo de niña en la cuneta. Ha estado inmóvil, callado, mientras que se le humedecian los ojos. Siniestro ha pedido el primer café, se ha ido su esquina, ha movido la mesa y se ha sentado. Gritón se sube los pantalones, se los ata, coge la botella de vino, la rompe de un golpe seco contra la farola cercana, derramando sobre el asfalto el poco vino que quedaba. Anda hacia entre los coches de la intensa circulación de la tarde que le pitan y frenan para no atropellarle. Al entrar en el bar busca a Siniestro y lo encuentra sentado en una esquina. Intenta ir en línea recta hacia él pero zigzaguea, choca con mesas, personas y sillas. Cae, se arrastra, se levanta, vuelve a caer y por fin se levanta enfrente de Siniestro. Este no ha hecho ningún gesto para apartarse, para huir. Gritón balbucea unas palabras ininteligibles y le golpea con la botella donde puede: en la cara, en el cuello, en el pecho hasta que Siniestro cae sobre la mesa. Gritón ha dejado, ya hace rato, de ver a Siniestro, solo ve a la niña asustada que le suplica y solloza hasta el mismo momento en que él le clava un cuchillo. Luego la deja tirada, moribunda, sobre el fango de la cuneta. Asustado se gira y huye, bajo la lluvia de primavera, por la solitaria y oscura carretera que lleva hasta el pueblo.


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