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La caja de las fotos | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La caja de las fotos

CajaZapatos

Se habían cambiado de piso hacía unos días. El piso de Gran Vía era más grande y soleado que éste. Todo exterior, con el comedor y el salón dando a Gran Vía y los dormitorios y la cocina al patio de la manzana. Con el sueldo de su reciente jubilación no podía pagar cada mes mil doscientos euros de alquiler y por eso se habían mudado al barrio de San Andrés, a una de esas calles de casas bajas, en las que aún se vivía como en un pueblo fuera de Barcelona. El piso era pequeño, con solo dos habilitaciones: una para él y otra para su hija María. En el camino se habían quedado muchos recuerdos y otras muchas cosas que no tenían cabida física en este piso. Había tirado, sin ningún titubeo, objetos que, hacía veinte años, le eran totalmente imprescindibles.

El trabajo de aligerar equipaje se lo habían repartido entre su hija y él, de forma que ella había conservado cosas que para él eran inútiles y que ocupaban parte del escaso espacio y tirado otras, que a pesar de su pose de alejamiento de lo mundano, echaba a faltar aunque de su boca no saliese el más minino comentario, y menos reproche, ante María.

Consideraba totalmente prescindibles las cajas llenas de fotos. Ni a él, ni a su mujer, les habían gustado mucho y nunca habían perdido el menor tiempo en clasificarlas o en ponerlas en álbumes. El resultado de años eran esas cuatro cajas de un contenido excesivo y desordenado en las que al lado de una foto de un bebé de días se podía encontrar otra con plantaciones de cepas en Lanzarote. Nunca le había gustado demasiado la fotografía. La consideraba un arte estúpido en el que no se hacía otra cosa que recoger en una película un instante fugaz de la realidad y que por tanto consideraba que el fotógrafo no era más que un captador de instantes. Como excepción en este criterio solo tenía a los corresponsales de guerra, no por su arte, sino que por el valor de trabajar rodeados de bombas y de disparos. Su indiferencia ante las fotos hacía que siempre que le habían querido hacer una foto respondía, medio en broma, que no, que no quería que le hiciesen fotos, que él rompía las cámaras, que las fotos robaban el alma, tal y como decían sabiamente los indios.

Llevó las cuatro cajas de zapatos hasta la mesa de centro, se sentó en el sofá, cogió una de ellas se la puso encima de las piernas y la abrió. Al abrir la caja se vieron decenas de fotos, revueltas, desordenadas, mostrando una imagen o el reverso amarillento, en blanco y negro, en color. Empezó a revolverlas con la mano, con movimientos que podían parecer que trataban de poner orden en aquel caos, pero que no solo no lo conseguían sino que lo aumentaban. Paró de hacerlo. Se quedó mirando la caja, que aparecía más revuelta incluso y, entonces fue cuándo cogió una foto. Era de Juan, el hijo mayor, vestido de carta de póker en un carnaval del colegio; la siguiente fue del lago verde de Lanzarote fotografiado desde una loma; después de María sentada en el tren del Oeste de Port aventura; la de un acantilado en el cabo Formentor; la de su suegra bebiendo agua en una fuente en el monte, seguramente en Galicia, pensó; la una chica disfrazada de bruja frente a la fachada del Obradoiro; la foto del jardín de la casa que subió a internet para su venta; ella sentada en la terraza de Comarruga; los enormes ojos verdes del gato negro llamado Sol; ella de noche, borracha, con su hermana en Mallorca; María con seis meses sentada en el sofá mirando a la cámara desafinadamente; la de su sobrina con pocos años de edad en brazos de su madre; la del coche con el maletero abierto en un arenal del Delta del Ebro; la Pedro, el hijo mediano, con tres años de edad, en una de las pocas fotos en la que no lloraba; la de la fiesta de final de bachillerato de María; la de una exposición de coches antiguos en el paseo de San Juan; otra de Juan, de niño, en brazos de ella; ella, envejecida, con sus permanentes ojos de borracha; la de su padre trabajando en la fundición de la Pegaso; otra más de su padre, vestido de miliciano con gorra de plato y pistola al cinto; una de María haciendo ver que hace yoga (fotografiada por Pedro); la de una pareja de desconocidos yendo en Vespa en… ¿Italia?; él mismo asomado a la ventana de un autocar listo para salir de excursión, en una época en la que no podía decir que no le hiciesen fotos; ella, con una bata azul, en casa leyendo, sentada en un sofá marrón; su padre, ya mayor, sentado en la mesa de su comedor, en camiseta, fumando; María vestida de rojo en medio de la nieve; ella en la semana santa sevillana, con su mirada ya perdida para siempre; un par de fotos de la policía infiltrada en una manifestación… dejó de coger fotografías, se quedó pensativo, con la mirada en ninguna parte. Al rato empezó a rebuscar. Cogía una foto. La miraba fugazmente. La dejaba. Cogía otra, que miraba un instante. La dejaba. Después de unos minutos repitiendo las mismas operaciones, encontró una a la que se quedó mirando fijamente. Dejó caer su espalda sobre el respaldo del sofá y siguió mirándola durante minutos. Después, la metió en la caja, recogió las fotos, cerró las cajas y, por fin, entendió por qué nunca se había dejado hacer fotos.
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