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Así empezó | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

Así empezó

Lapio

Sus ojos estaban descubriendo paisajes muy diferentes al de las suaves laderas, siempre verdes y con grandes robles, que habían sido su vida de siempre. A las montañas mas grandes de lo que se podía imaginar existiesen, había seguido una inmensa llanura de color amarillo que se movía con la brisa en profundas ondas. Eso era lo que estaba viendo ahora a través de la ventana del tren.

Sacó pan negro y un pedazo de tocino del zurrón, mientras seguía mirando de reojo, fascinada, el paisaje. ¿Desean ustedes? dijo a sus compañeros del vagón. Todos le contestaron, agradecidos con una sonrisa, que no ¿quién iba a quitarle un miserable trozo de tocino a una niña que desde que inició el viaje no había comido otra cosa? Mordió con hambre el pan y a continuación le pegó un buen mordisco al tocino que como no acababa de partirse tuvo que tirar con fuerza de él, un poco con la mano y otro poco con los dientes, hasta que un trozo quedó libre en su boca. Entonces pudo masticar con ganas, mientras enseñaba sus dientes blancos, el pan y el tocino, dando vueltas en su boca, mientras comía. Al verla comer varios de los pasajeros sacaron de sus bolsas comida: pan de centeno, embutidos, empanada, fruta y algún trozo de tortilla de patatas, ya con aspecto rancio. Le ofrecieron, en justa correspondencia, comida a la niña, que ésta rechazó tímidamente aceptando únicamente un trago de vino de la bota de un señor que se había subido en Astorga.

Cuando acabó de comer guardó el pan que le había sobrado, envolvió el tocino en un pedazo de papel y lo puso todo en el zurrón que dejó encima del banco de madera a su lado.

Era de aspecto frágil, pequeña. Su cara era redonda con unos ojos que llamaban de los que era difícil desprenderse de su mirada clara, cristalina, inocente. Su pelo, muy negro y muy rizado, le caía por los dos lados de su cara, que curtida por el sol se había vuelto morena a pesar que la piel, que se veía escasamente en el borde del cuello de la blusa, era de una gran palidez. El pelo hacía que la cara pareciese mas alargada de lo que en realidad era, pues era muy redonda. Las manos se veían llenas de callos y con unas uñas gastadas, sucias, sin ningún cuidado en ellas. Dos pequeños bultos que se adivinaban debajo de la blusa indicaban que empezaba a ser mujer. La larga falda negra tapaban unos zapatos de cordones, marrones, agrietados, sucios.

Al despertar del sueño en que había caído después de la corta comida, vio que el paisaje había cambiado y que además llovía. La lluvia le trajo a la memoria el paisaje de lo que había conocido hasta entonces y la de su propia casa. Aquellas largas tardes en el monte, preocupada de que la vaca no se escapase pues, si ya era difícil pillarla en seco, mucho mas lo era en el barro, con la preocupación añadida de no perder ninguno de los zuecos. Ahora tenía sentimientos muy encontrados: el miedo a lo nuevo, a trabajar de criada (miñona escribía su hermana en las cartas); a una lengua que no conocía, ¿se parecería al gallego?; a estar en una gran ciudad como Barcelona. Por suerte tenía allí a su hermana mayor que la ayudaría en todo. Recordaba la miseria, el estar comiendo siempre, mañana, mediodía y noche, el mismo cocido que estaba allí, en el fuego, colgado de tres cadenas, desde que ella tenía uso de razón. Los huevos fritos del día de su cumpleaños pues el resto del año eran para los hombres que son los que trabajaban duro. El criar un cerdo al año para venderlo en la feria a trozos, quedándose ellos únicamente con el tocino, para poner en el cocido perpetuo, o para comer medio curado, como ahora hacía con el que llevaba en el zurrón.

No guardaba buen recuerdo de su casa, ni de la pequeña aldea formada por diez casas y un cementerio. Ni tampoco de la escuela a la que había ido solo tres meses puesto que su padre dijo que a una mujer no le hacía falta mas. Una escuela en la que lo único que recibió fueron golpes por hablar gallego ¡como si supiese hablar de otra manera! Su único buen recuerdo era ver a su hermano José, el mayor de los ocho, llegando a casa para pasar la Navidad, después del largo viaje desde las minas de Asturias, cogiéndola en brazos y dándole un regalo a la hermana mas guapa y mas buena del mundo. En doce años nunca se había olvidado de traerle un regalo ni de cogerla a ella antes que de hacer cualquier otra cosa al llegar a la casa. En el zurrón, junto al pan y al tocino, llevaba la muñeca de trapo que le regaló cuando tenía seis años. Cada vez que la abrazaba podía notar los fuertes brazos de José rodeándola. Pocos recuerdos buenos mas tenía.

De su padre mejor no hablar, miedo le tenía aún ahora estando en el tren y tan lejos de la aldea. Recordar su pelo rojo hacía que un temblor le recorriese el cuerpo ¡cuánto le había pegado! Nunca olvidaría, aunque viviese mil años, el terror que sentía cuando volvía a casa, de noche ya, sin la vaca, después de haber estado corriendo por el monte buscándola desesperadamente horas y horas. El terror que sentía cuando su padre la miraba fijamente y le decía que otra vez había vuelto a perder a la maldita vaca y esconderse no valía de nada, era incluso peor, como aquella vez, tendría siete u ocho años, en que no se atrevió a ir en dos días a casa, en que estuvo comiendo castañas que recogía del suelo hasta que no pudo mas por el hambre y por el frio, y volvió. De aquella paliza no se olvidará jamás, jamás. Y la maldita vaca estaba de vuelta, tumbada tranquilamente en el establo que ocupaba toda la planta baja de la casa, tumbada debajo de las tablas en las que ella tendría que haber estado durmiendo al calor de sus hermanos durante esos dos días.

Por eso cuando su madre le dijo hacía una semana que se iba a ir a trabajar a Barcelona, de criada, con su hermana Pura, no protestó, no lloró, no dijo nada. Simplemente se quedo mirando a su madre, esperando quizás que esta la abrazase o tuviese una lágrima en sus ojos. Le dijo que en casa eran demasiados y que no había comida para todos. En Barcelona tendría un buen trabajo, comería todos los días, encontraría a un hombre y formaría una familia. Después le dijo que enviase por giro postal la primera mensualidad, la segunda, y así tantas como fuese necesario para pagar el billete de tren, el pan y el tocino que le pondría en un zurrón. Ella ni siquiera preguntón que era un giro postal ni cuanto dinero costaba todo eso, su hermana Pura ya se encargaría de todo.

Pararon en una estación en la que ponía el nombre de Zaragoza. Preguntó a uno de los pasajeros que cuanto faltaba para llegar a Barcelona. Llevaba dos días en el tren.

Al rato de arrancar el paisaje se volvió agreste, desértico. Las pocas plantas que veía eran diferentes a todo lo que había visto hasta entonces, el verde desapareció por completo. No me gustaría vivir en un sitio así, pensó, sin verde y sin agua no hay vida. Volvió a dormirse sentada en el banco de madera y, sin poder evitarlo por el cansancio, apoyó su cabeza en la señora que estaba a su izquierda. La despertó el trajín que se había instalado en el tren. La gente estaba cogiendo maletas y bultos, saliendo. El pasillo estaba lleno de personas con todas sus pertenencias en el suelo o colgadas del hombro. Miró por la ventanilla y vio que estaban en una ciudad. Ante ella había edificios grises, grandes chimeneas soltando columnas de humo y detrás de ellas se podía ver pequeños trozos de lo que suponía era el mar. Preguntó si habían llegado ya a Barcelona y le respondieron que si, que eso que estaba viendo ella eran las fábricas del Pueblo Nuevo, que dentro de poco llegarían a la estación de Francia, que el viaje ya se había terminado. Se subió encima del asiento, cogió la vieja maleta y con gran esfuerzo la bajo hasta el suelo. Se colgó el zurrón al hombro y esperó, igual que las otras personas, a que el tren parase para poder bajar. Eso era lo que mas deseaba ahora en el mundo, bajar del tren y poder andar de verdad un rato, no como los paseos que se había pegado por los pasillos del tren, arriba y abajo, en aquellos momentos en que la inmovilidad del asiento se le hacía inaguantable.

Pensó en su hermana Pura a la que no había visto desde hacía cuatro años, cuando la acompañó al tren para venirse a Barcelona. Al pensar le entró un ataque de ansiedad ante la posibilidad de que no se reconociesen la una a la otra, pues ella, a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, no conseguía acordarse de su cara.

Bajó de tren y sin saber hacia adonde ir, optó por seguir la misma dirección que todos los demás pasajeros. Delante de ella había una larga fila de personas, llevando como podían sus grandes maletas. La estación era enorme con sus columnas de hierro y el techo de cristal que se veía allá arriba, lejano. Tras un buen rato de andar al lado del tren, se paró entre la gente que se abrazaba con familiares y amigos que los habían venido a recibir. Desorientada busco a Pura entre la multitud, sin poder encontrarla, hasta que oyó una voz que gritaba por, encima del ruido de abrazos, besos y palabras de bienvenida, “María, aquí. Aquí, María”. La cara de su hermana retornó a su mente y allí la vio, blanca, con un bonito vestido estampado de flores de colores rosa y amarillas, con un pequeño sombrero en la cabeza y agitando su mano para atraer su atención. Corrió hacia ella como pudo, arrastrando aún mas la maleta, y al llegar junto a su hermana se agarró a ella llorando, como hacia tiempo no lo hacía, feliz por haber encontrado la seguridad de su cobijo en medio de tanta gente extraña. Estuvo así, cogida a su cintura, un buen rato hasta que Pura le dijo “no seas chiquilla, suéltame ya que hemos de irnos”

Durante la larga caminata fueron hablando, contándose sus cosas. María explicó el largo viaje en tren desde casa y Pura explicó el buen trabajo que tenía en casa de los señores Puig, lo buena que era la señora y lo bien que la trataba. Después de andar mas de media hora llegaron al portal de un gran edificio. Aquí es le dijo. Entraron en el enorme vestíbulo decorado con relieves de yeso. Del techo este colgaba una enorme lámpara hecha de piezas de vidrio. Al fondo estaba el ascensor, la escalera de los señores y la del servicio. Se dirigieron hacia una puerta con el rótulo ‘Portería’ pintado a mano encima de ella y antes de que llamasen asomó el portero que les preguntó que deseaban, no sin antes hacer un repaso completo del aspecto de ambas y principalmente de la niña. Deseamos ver a la señora Vallmitjana. ¿Cuál es el motivo? Respondió el portero. Le traigo a la nueva criada: mi hermana ¿sabe? El portero les indicó que los señores Vallmitjana vivían en el tercer piso y que debían de subir andando por la escalera de servicio, que les indicó como la de la derecha. El edificio era muy amplio pero no así la escalera por la que estaban subiendo por lo que María tuvo dificultades para hacer pasar, a la vez, la maleta y su cuerpo. Al llegar al tercero llamaron a la única puerta que había y al poco les abrió una mujer vestida con una falda y una blusa de color negro, y un delantal y una cofia de color blanco. Tras indicarle el motivo de su visita las hizo pasar y esperar en el recibidor junto a una estatua de mármol rosa que representaba a un señor semidesnudo con casco y una lanza en la mano. Al poco volvió a aparecer la criada que les indicó que la señora las estaba esperando y que hiciesen el favor de seguirlas.

La señora Vallmitjana las esperaba sentada en un sillón en una pequeña glorieta que daba a un patio interior. Sin levantarse miró a María de arriba abajo y musitó para ella “voy a tener faena con este pequeño animal”. Le preguntó a continuación por su nombre y por su edad. María no entendió muy bien hasta que Pura le indicó que dijese su nombre y edad. La señora Vallmitjana le preguntó si entendía el español. Un poco, señora, acertó a contestar María. Te lo diré despacio para que me entiendas bien. Trabajarás todos los días menos el jueves por la tarde en que tendrás fiesta. Constancia, que es la criada que os ha abierto la puerta, te dará las órdenes y te enseñará a hacer las cosas. Dormirás con ella en su habitación. El sueldo será de treinta pesetas a la semana. ¿estás de acuerdo? Y usted, ya se pude marchar, dijo dirigiéndose a Pura. María le preguntó angustiada que cuando se verían. El jueves a las cuatro te espero en el portal de abajo dijo Pura. Y se despidieron.

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