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El container | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

El container

Contenedor

Son las nueve y media de la noche. Es julio. Hace calor. Alrededor del contenedor, junto al que esperan ellos y otras cuatro personas, hay muchas manchas en el suelo, en las que se quedan los zapatos pegados al pisar. María mira a su marido que está con la mirada fija en la esquina. Ya falta poco. A él no le gusta tener que hacer esto y de vez en cuando se lo recrimina ¡como si a ella le gustara recoger comida de la basura!

Lorena está acabando de recoger las ultimas bandejas caducadas. Las mete en una bolsa. Es el trabajo que más rabia le da hacer en todo el día y eso que hay pocos que le guste hacer. Su trabajo es aburrido, pesado. Son muy pocos en el supermercado para el trabajo que hay. Ahora mismo hace ya diez minutos que ha plegado y aún le queda como poco media hora más. De este tiempo extra no cobrará ni un euro a final de mes. Es eso de o lo tomas o lo dejas, y ahora no están las cosas como para ser muy exigente.

Hace meses, María estaba en la frutería y llegó un hombre, sucio, sin peinar, con aspecto extranjero, pidiendo. Enseño unas fotos de unos niños antes de decir “son mis hijos, no tienen que comer, denme algo por amor de dios”. El tendero, irritado, le dijo “que hijos ni que hostias. Este dinero es para los que os lo vienen a buscar subidos en un cochazo, cada día a las seis. Esos a los que esperáis como borregos y a los que les dais hasta el último céntimo”. Dirigiéndose a los clientes continuó: “Darle comida y veréis como no la quiere. Solo quiere dinero. Nada de comida. O invitarle a un bocadillos y os dirá que no”. Un negro y un moro no le hacen caso y le dan unas monedas. María le iba a dar algo, le daban pena los niños de la foto, pero después al oír al tendero, se le quitaron las ganas “¿te lo puedes creer? Pedir para una mafia”. El hombre los mira. Sabe que el tendero lleva razón, que lo que hace es pedir dinero para Antonio, un mafioso que le da una miseria de todo lo que él recoge. Lo que no sabe el tendero es que la foto es de verdad, que esos hijos son también de verdad y que cuando pide lo hace para que ellos puedan comer. Lo que no sabe el tendero es que si coge comida, y no dinero, después tiene problemas con Antonio.

Lorena empuja el carro, como cada noche, desde la puerta del súper hasta el contenedor. Hay apenas treinta metros y hace un poco de bajada. Al doblar la esquina mira los carteles que anuncian un súper menú por 4,95 euros, consistente en un bocadillo, un refresco y una bola de helado en un cornete. El bocadillo es el más pequeño de la carta pero eso no se dice en los carteles. Lo sabe porque la semana pasada al salir de trabajar cenó ese menú. Cuando llega al contenedor, están varias personas esperando. Como cada día desde hace meses. Ella no puede darles las bandejas y bolsas de comida, con fecha de consumo preferente pasada pues se lo han prohibido sus jefes. de forma tajante. No sea que alguien les meta una demanda y el buen nombre de la empresa se vea perjudicado. Abre la tapa de contenedor y lo tira todo dentro. Oye como va cayendo en el fondo. Cuando ella se retira un joven mete medio cuerpo dentro y va sacando las bolsas y las bandejas. Cuando acaba sale, se reparten los alimentos entre todos y se despiden afablemente con un hasta mañana.

María lleva en una mano una bolsa. Con la otra coge la de su marido que ya está relajado como cada día una vez que han acabado de coger la comida. Ahora parecen un matrimonio volviendo del mercado y no un par de pordioseros esperando la comida que tira el súper de la esquina. Se van paseando hasta su casa y por el camino saludan amablemente a una vecina que ha sacado a pasear un perro pequeño y nervioso.

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