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El reciclado | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

El reciclado

Reciclaje

El vendedor le había explicado amablemente todos los detalles de la vivienda entre los que se contaban, aparte del mismo apartamento, el parking, el trastero y el jardín con la piscina comunitaria, pero cuando bajo por primera vez al trastero no le fue fácil encontrarlo por el solo y tuvo que volver a subir en busca del conserje. Este le acompañó amablemente al ascensor de la escalera C, después hasta el sótano -2, y a través de dos puertas, una de ella con llave hasta el pasillo en donde estaba su trastero.

—¿Sabrá volver?—le preguntó educadamente.

—Si, no se preocupe Carlos, creo que podré volver sin ningún problema.— y así fue efectivamente.

Al volver mientras iba hacía en ascensor de su escalera justo al pasar por delante del mostrador del conserje se le ocurrió preguntarle

—Carlos, por cierto ¿hay algún otro servicio que desconozca?

Carlos estuvo unos segundos, mirando hacia el cielo, como repasando todas las posibilidades hasta que le contestó

—No, señor. Creo que usted ya conoce todos los servicios del edificio.

—Muchas gracias, Carlos y buenas noches

No había andado dos pasos cuando Carlos le dijo

— Perdón, señor. Quizás me olvidaba del servicio de recogida de basuras ¿lo conoce?

—No, no lo conozco—respondió él—¿Podría explicarme que es y dónde está?

—Por supuesto, Será un momento. Venga por aquí por favor

Y le llevó a un extremo de la gran entrada del edificio, introdujo la llave en la misma pared y abrió una puerta que estaba disimulada con gran acierto en la propia pared de madera. Abrió la luz.

—Mire, aquí en la izquierda hay estas tres trampillas que son para materia orgánica. Ve, la abre tirando de esta manera y tira por aquí su bolsa. Procure que no esté muy llena que a veces se atascan y es un buen lío—y cerró la trampilla

—Aquí a la derecha esta portezuela cuadrada, es para los desechos, vamos lo que echa usted al contenedor gris. Le digo lo mismo que antes, procure que la bolsa no esté excesivamente llena, aunque como puede ver el agujero es algo más grande.

—Y ¿hay alguna hora en especial para echar aquí la basura?—preguntó él.

—No, ninguna. Cuando a usted, o a su señora, les vaya bien, vienen y echan la basura aquí. Ya ha visto que la llave es la que sirve para todas las cerraduras.

—Y la basura ¿adónde va?—preguntó

—Mire, la verdad es que no lo sé. Me lo explicaron al principio de trabajar aquí pero ya no me acuerdo

—Pero, usted ¿limpia algo?¿saca bolsas?

—En absoluto. Yo no he de hacer nada. Bueno, señor López, perdone que le deje pero es que ya son las ocho y he de irme. Buenas noches.

Y se despidieron. Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue explicarle a su mujer que había un cuarto en la planta baja en el que se podía echar la basura sin tener que atravesar la calle e ir a los contenedores. “Mañana te lo enseño” le dijo para acabar y se fue al PC a enterarse como iba eso de los deposito subterráneos de basura en los edificios. No encontró mucho y lo que encontró era referido a contenedores escondidos que se subían a la superficie por medios mecánicos y de ahí se pasaban al camión de basura como los de la calle. Pensó en la cantidad de basura que se podía acumular teniendo encuesta que eran casi cuarenta vecinos y en la peste que podía provocar todo eso.

Al día siguiente hizo dos cosas: la primera enseñar a su mujer el funcionamiento del cuarto…

—Y sobre todo no pongas las bolsas muy llenas porque podrías provocar un atasco— le dijo.

La mujer asombrada solo exclamó:

—¿Y adónde va toda esa basura?

…la segunda fue preguntar a todos y cada uno de los compañeros de la oficina sobre si conocían algo parecido al cuarto de las basuras de su edificio. Ninguno supo darle ninguna razón.

De vuelta a casa, aparcó el coche en el parking y en lugar de subir hasta el octavo piso paró el ascensor en la planta baja. Buscó a Carlos al que encontró de espaldas a él recogiendo unas hojas en el jardín y le dijo:

—¿Seguro que nadie recoge del sótano las bolsas de basura?—dijo, sin ni siquiera darle primero las buenas tardes.

Carlos se sobresaltó, se giró, y le contestó que no, que nadie recogía las bolsas del sótano nunca.

—No puede ser—y se dio la vuelta sin despedirse.

Al llegar al piso cogió una bolsa de basura, bajó hasta la planta baja, abrió la puerta disimulada, abrió la compuerta y tiró la bolsa. A la vez que la tiraba puso la oreja en el agujero y escuchó. Creyó por un ruido sordo al cabo de unos segundos y con un rápido cálculo mental dedujo que aquello era muy hondo.

De vuelta a casa llamó por teléfono al 010 y les indicó que en su casa había un depósito de basuras y quería que alguien le explicase cómo funcionaba. Tras un rato de espera una amable señorita le explicó que era un sistema subterráneo neumático y que las bolsas se llevaban hasta un almacén intermediario en donde se compactaban y se cargaban en camiones para ser llevadas a la planta de reciclaje.

—¿Y dónde está el almacén intermediario al que van mis basuras? —preguntó

— ¿Dónde vive usted caballero?

Y tras contestar su dirección le indicaron que en la calle Bilbao 118, que vería un rotulo en la puerta que ponía ERPA con un logo que era una hoja de trébol naranja. Era ya tarde por lo que no fue hasta el día siguiente que se acercó a la dirección del almacén. En Bilbao 118 no había más que un hermoso jardín adornado de buganvillas. Buscó por los alrededores, calle arriba y calle abajo, y no encontró nada. De vuelta a casa volvió a llamar al 010 y explicó lo que le había pasado. En esta ocasión tardaron bastante en contestarle más rato que el día anterior. Al fin una voz dijo:

—Me han informado que ayer preguntó usted por la dirección el almacén intermediario de residuos. ¿es así?

—Si, así es—respondió

—¿Para qué quiere usted esa dirección? — le preguntaron

— Perdone…no entiendo—dijo desconcertado

—Esa información es confidencial—y le colgaron el teléfono

Desconcertado buscó el teléfono de ERPA en Internet y llamó. Una atenta señorita le pasó con un hombre, de voz seria, que le negó que existiese ningún almacén de la empresa en esa zona ni que se dedicasen a recoger residuos mediante sistemas neumáticos en Barcelona. Preguntó si sabía que empresa era la responsable y le contestaron que, a día de hoy y según su experiencia, ninguna. Preocupado salió de casa, bajó hasta el cuarto de las basuras, como el mismo había bautizado, y lo observo detenidamente. Nada en especial. Abrió una de las trampillas y tiro por ella una moneda de euro. Al cabo de bastantes segundo la oyó rebotar en el fondo. Salió del cuarto y le preguntó a Carlos si había alguna entrada hacia el deposito inferior.

—Que yo sepa ninguno, señor López.

Volvió a entrar en el cuarto y revisó cada una de las paredes y de las rendijas de ella hasta que dio con una que parecía menos firme que las demás. Le pidió a Carlos un destornillador grande e hizo palanca con él hasta que la placa cedió.

¿Qué hace señor López? ¿Está usted bien? — dijo Carlos muy preocupado.

López ni lo oyó. Arrancó del todo la placa y se introdujo por el agujero que había quedado. Encendió la linterna del móvil y bajo por la escalera que había aparecido detrás de la pared. A lo lejos se oía a Carlos decirle que no fuera loco, que volviera. Llegó al fondo y en lugar de las supuestas complejas instalaciones, solo había un cuarto con algo de basura, mucha menos de la que había supuesto. Estaba buscando una explicación en el momento en que oyó un ruido a su espalda. Con horror entendió como funcionaba todo aquello, mientras sentía como unos colmillos se clavaban en su carne y empezaban a reciclarlo.

Carlos, mientras tanto estaba clavando la placa de madera en el cuarto de las basuras hasta dejarla casi en las mismas condiciones en que estaba hacía unos minutos pensando en la paranoia que le había cogido al vecino del octavo.

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