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La montería | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La montería

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“Entonces le dije a mi mujer si vienes de caza conmigo el fin de semana, me ahorro los trescientos euros de la puta”.

Eso lo contaba Julián, orgulloso de si mismo, en su gran despacho de paredes decoradas con cabezas disecadas de jabalíes, corzos, ciervos, gamos, muflones, cabras monteses y la de un lince. Debajo de cada una había una placa con el lugar de caza, la fecha y el peso del animal. Sobre el mueble que estaba detrás de él se podían ver fotografías suyas, siempre con una escopeta o un rifle en las manos, con empresarios, ministros y en el centro, destacando por su tamaño, una con el rey.

Se había casado hacia tres años, recién cumplidos los cuarenta y cinco, con Elena, mujer de gran belleza y de veintiocho años de edad. La había conocido en una barra americana, se encaprichó de ella y a los dos meses ya eran marido y mujer.

Él era rico por un casual que le había pasado a su padre el día que, allá por los años cincuenta, apareció en su almacén de gaseosas, un tipo trajeado que le ofreció ser distribuidor de una bebida americana, nueva en España, y que respondía al extraño nombre de Coca Cola. El padre preguntó que cuanto le costaría aquello y cuando le dijeron que nada, que el material estaría en depósito y que él ganaría, cuando se vendiesen, una comisión y además un tanto por el almacenaje, aceptó. El padre ganó dinero, suficiente para vivir bien y tener unos buenos ahorros. Al morir se hicieron cargo del negocio los dos hijos. Al poco consiguieron el reparto de Mahou y con los beneficios, empezaron a especular en tierras, en un momento que Madrid estaba aún lejana pero se acercaba poco a poco, año a año. Ganaron mucho dinero pero él ganó mas que su hermano a pesar que iban a partes iguales.

Optimizo el negocio al despedir a los repartidores, les vendió los camiones y a partir de ahí les pagaba a tanto la caja, de manera que cuando había trabajo el ganaba mucho y cuando no lo había no tenía costes. Fue entonces cuando se hicieron promotores. Con la fortuna llegó la escalada social y pasó a formar parte de la gente importante de la comarca. Un día lo invitaron a su primera montería y a partir de ahí se aficionó a la caza.

La primera vez que le toco ir de caza, después de la boda y del viaje de novios, le pidió a su mujer que lo acompañara. Ella que solo le gustaban los animales en forma de abrigo, le dijo que no le apetecía, que tenía la regla, que le dolía la cabeza. Repitió las mismas excusas las dos o tres siguientes veces en que él volvió a pedírselo. El, después de la negativa, delante de ella, llamaba a la barra americana en donde había trabajado Elena y contrataba a una puta para el fin de semana.

Harto de las chanzas de los compañeros de caza cuando le decían que tenía una mujer que estaba muy buena pero que tenía que acabar con una puta cada fin de semana, la próxima vez que tenía que ir de caza le soltó la frase de que si ella iba se ahorraba los trescientos euros de la puta. Ella aceptó.

Él, se empeño en que no solo lo acompañase, sino que también participase en la caza. Lo primero que hizo fue llevársela al Corte Inglés de Castellana y allí le compró un completo equipo de caza: botas, chalecos, pantalón, camisas, jerseys, impermeables, chaquetones e incluso un gran cuchillo de monte. “Nunca se sabe que puede pasar en una cacería”, le dijo. También compró una escopeta de cañón superpuesto y un fusil.

Durante las próximas semanas le enseño a cargar el arma, cual era el momento y la distancia adecuada para el disparo, a que parte del animal tenía apuntar, todo con una paciencia extrema. Ella, ponía todo su empeño en aprender. En poco tiempo consiguió que fuese una cazadora aceptable y que se integrase en el grupo de caza de igual a igual con todos los demás. El día que Elena mató su primer jabalí organizó una fiesta por la noche en el hotel en la que no faltó champan, marisco ni músicos. Ambos parecían muy orgullosos de lo conseguido.

Aquella semana le dijo que irían a cazar jabalíes al rececho. Ella le preguntó que era eso. Él le explicó que en lugar esperar a los jabalíes en un puesto saldrían a buscarlos, ayudados por perros y por batidores. “Es mas cansado que esperarlos al acecho pero es mucho mas divertido. Te lo pasarás muy bien”, le dijo.

El día era espeso, de nubes bajas. Hacía frío. Los cazadores se distribuyeron formando un gran abanico en el monte, sorteando los matorrales bajos que se esparcían por todos lados. Al fondo se oía el ruido de los batidores y el ladrido de los perros. Julián iba andando con su rifle en las manos y Elena algo atrasada, unos diez pasos mas atrás, a su izquierda. Julián gritó “ahí hay uno”. Elena disparo dos tiros. Julián cayó sobre la tierra mientras ella gritaba “Dios mío le he dado a mi marido”.

En el despacho de Julián ya no hay cabezas de jabalíes, corzos, ciervos, gamos, muflones, cabras monteses, ni siquiera la del lince. Tampoco hay ninguna fotografía de Julián, con la escopeta en las manos, ni siquiera la que se hizo con el rey. En la enorme pared donde estaban las cabezas ahora solo hay una fotografía de Julián, gordo, sonriente, baboso, mirando con arrogancia al objetivo. Debajo, una sencilla placa de latón en la que se puede leer:

Sierra de Cazorla
17-11-2011
97 kg

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