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El trilero | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

El trilero

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Ser trilero es complicado y cansado. Por ello también requieren de sus ratos de ocio. El trabajo de trilero requiere una gran habilidad, inteligencia, capacidad de actuación y trabajo en equipo. Sin los palos blancos no habría negocio. Ellos son los encargados de ganar las primeras partidas, pareciendo jugadores normales (lo que no es fácil) de manera que el público se anime a jugar.

Los trileros son siempre trileros aún en sus ratos de ocio o de vida familiar. Les sucede igual que a los vendedores, que mienten siempre a sus parejas, a sus amigos y a sus hijos igual que a sus clientes; o igual que los entrenadores de fútbol, que se pasan las veinticuatro horas del día pensando en como mejorar su equipo, de manera que cuando ven arrancar tres motos en fila de un semáforo, están viendo un nuevo contraataque para su delantera.

Han de entrenar varias horas al día como los tenistas o los ajedrecistas, pues de lo contrario pierden sus habilidades y en un negocio en que el mas pequeño detalle es significativo puede suponer la ruina. Tienen una vida profesional corta. No es imaginable un trilero al que le tiemblen las manos o le coja un ataque de tos en medio de su actuación.

El Contreras era un buen profesional. Como tal era muy difícil engañarle. Había aprendido su oficio del Mangas con el que estuvo trabajando de palo blanco hasta que éste se jubiló. Heredó de él, el puesto en las Ramblas, los cubiletes, la pelotita y la mesa. También heredó a los tres ganchos con los que trabajaba el Mangas: el Choni, el Paco y la Polaca. Tenía entonces poco mas de treinta años pero por su aspecto parecía mayor y eso daba confianza a los clientes.

Antes de eso había sido robamotos, descuidero, carterista, pajillero y unos cuantos oficios mas. Había tenido la suerte de no haber estado nunca fichado y ese fue uno de los motivos por los que el Mangas lo nombró como sucesor. Su pasado le había proporcionado unos cuantos enemigos y muchos amigos; y el presente, de momento, solo envidias.

Aquella noche hacía una buena temperatura, el cielo despejado, poca humedad y soplaba la brisa justa para refrescar. Era una buena noche para que los guiris saliesen de paseo por las Ramblas. Plantó su mesa, enfrente de la Plaza Real, y empezó a jugar con los vasos y con la pelotita. Los palos blancos se mantenían a una distancia adecuada para no llamar la atención.

Pronto empezaron a acercarse turistas, primero dos, luego tres. Cuando el grupo tenía el tamaño adecuado el Choni se acerco y apostó cinco euros. El Contreras empezó a remover con habilidad los vasos hasta que paró. El Choni señaló un vaso y, efectivamente, allí estaba la pequeña bola de color carmesí. Le pagó diez euros. Volvió a jugar varias veces el Choni, perdiendo pocas y ganando muchas. La gente se iba apiñando cada vez mas. Un turista con cara de alemán se empeñó, después de mirar con prepotencia a sus amigos, en jugar y prácticamente echó de la mesa al Choni. Empezó jugando veinte euros y perdió. Lanzó una mirada entre “no lo entiendo” y “ahora veréis”. Apostó otros veinte euros, ganó y envió otra mirada con un “ya os lo decía yo”. Se envalentonó y apostó cincuenta euros que perdió. Con cara de gran cabreo, no se sabe si hacia el Contreras o hacía él mismo, volvió a jugar: ahora cien euros. Volvió a perder. Cuando iba a agarrar por el cuello al Contreras cuatro brazos lo sujetaron a la vez que se oía:

−Dongüorri, él es trinquin...borracho...ibrado...jetunque. Dongüorri.

Lo apartaron violentamente de la mesa. Los amigos del alemán se lo llevaron de allí, entre se supone insultos y amenazas, antes de que las cosas llegarán a mayores.

Así transcurría la noche entre ganancias de los compinches, pequeñas beneficios de los guiris y grandes perdidas de éstos. De vez en cuando tenían que desmontar la parada y desaparecer un rato ante la sospecha de que se acercaban los maderos.

A eso de las doce apareció por allí un tipo seboso, de unos cincuenta años, vestido de traje blanco y corbata roja, fumando un gran puro y acompañado de una tipa de unos treinta años de vestido ceñido con gran escote a punto de ser desbordado a cada instante, pelo rubio platino y unas piernas que llegaban hasta Colón. En resumen: un pedazo de mujer. El Contreras al verla perdió la única partida involuntaria de la noche, mas que por la presencia imponente de la tía por el gesto que ésta le hizo con los labios.

El del puro empezó a jugar y a perder mucho dinero. Estaba completamente borracho y encima, de vez en cuando, sacaba una petaca del bolsillo de la que bebía un trago. La rubia lo miraba de reojo con desprecio, lo que contrastaba con las sonrisas que le enviaba, de vez en cuando, al trilero. “Esta es mi gran noche” pensó el Contreras.

A las doce y media el seboso ya había perdido mucho dinero y no se tenía casi en pie. En ese momento llegó otro aviso de maderos. El Contreras desmontó rápido la barraca y se fue, como hacía siempre hacía la calle Nou de la Rambla, para después girar a mano izquierda por Lancaster y desaparecer un rato. Cuando estaba a punto de entrar en Lancaster notó una mano suave que cogía la suya. Se giró y vio a la rubia que le sonreía.

−¿Vamos a tu casa o prefieres un hotel?

− A mi casa. Allí estaremos mas cómodos – respondió él.

Por el camino se fueron besando apasionadamente. Se paraban en cada portal o en cualquier rincón oscuro en donde se magreaban con desespero sin importarles que pasaba a su alrededor. Eran dos animales en celo sin tiempo para llegar a la cama.

Al llegar al piso y abrir la puerta, con todo su ser concentrado en tirarse a aquella tía, lo único, y último, que vió el Contreras con sus ojos, fue al tipo seboso en mangas de camisa, con la corbata roja aflojada, remangado hasta debajo de los codos, el brillo de la navaja que éste llevaba en su mano y un tatuaje en el brazo derecho que le era familiar. Mientras, la rubia platino se recolocaba las bragas, sacaba un cigarrillo de la cajetilla, se lo llevaba a los labios y lo encendía aspirando suavemente.

Tumbado en el suelo, empapado en su propia sangre, se vio a si mismo jugando al trile y levantando el último cubilete: debajo no había ninguna pelotita carmesí.
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