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La tía mala | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La tía mala

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Ibamos una vez al mes a visitarla. Teníamos que coger el autobús hasta las casas baratas del Besós, allí atravesar la pasarela de madera que atravesaba el río hasta donde estaba el restaurante el Molinet y a partir de ahí y tras bordear los tejares de Serret llegábamos a la casa en donde vivía mi tía.

Ella era la que yo en mi ignorancia infantil llamaba la ‘tía mala’, no porque fuese una mala persona sino porque siempre estaba enferma en cama. No recuerdo haberla visto levantada en ninguna ocasión aunque estoy seguro de que alguna vez habría sido así. Recuerdo que yo entraba con miedo en aquella habitación, siempre en penumbra, y me acercaba hasta la cabecera de la cama en donde ella estaba semi incorporada. Le intentaba dar un beso rápido pero casi siempre quedaba atrapado entre sus brazo mientras inundaba mis mejillas de un montón de besos y me decía todos los adjetivos cariñosos que se le pueden decir a un niño. Yo entonces no entendía, a pesar que sabía que en aquella casa no había ningún primo mío, que la tía mala no tenía hijos y que los besos, las palabras y los sollozos eran por eso. Cuando conseguía librarme me escapaba a la calle a jugar por la montaña con los otros niños que había por la calle, haciendo excursiones a ver los tejares e imaginando que cruzábamos el acueducto sin caernos y sin que nadie nos castigase.

Joan, el marido de mi tía, había sido encargado en uno de los tejares de la zona. Ya no trabajaba y se dedicaba a hacer imposición de manos entre los vecinos. A decir de mi padre sobre todo de las vecinas y preferentemente de las mas jóvenes y guapas. Joan, era un hombre bajo, con entradas pronunciadas, con una única ceja. Tenía dificultad para hablar en castellano y lo que mas recuerdo de él es la mirada penetrante que tenía. Cuando te miraba parecía que te atravesaba. Ese era uno mas de los motivos por los que a mi me daba miedo esa casa.

En el camino de ida, y en el de vuelta, mis padres comentaban cosas acerca de mis tíos. Lo hacían en un lenguaje claro como si pensarán que un niño no entendía nada en absoluto de lo que decían. Y es cierto que había cosas que no entendía como cuando hablaban que me tía había trabajado haciendo de la vida. Mas adelante entendí que eso significaba trabajar de puta y que fue una de las mayores sorpresas de mi madre, recién llegada de Galicia, al descubrir que su hermana, de irónico nombre Pura, no trabajaba de criada. También contaban como Joan, cliente habitual, acabó enamorándose de ella, le hizo una barriga y la sacó de puta. Se casaron. De eso hacía mas de veinte años.

Un día rebuscando entre las cajas de fotos una en la que estaban mi madre y otras dos mujeres jóvenes. Le pregunté a mi madre quienes eran y me dijo:

—La de la derecha, la mas alta es la tía Pura, la del medio soy yo y la de la izquierda la tía Marisa.

Pura cuando se hizo aquella foto era muy guapa y aparentaba ser la mas joven de las tres. Destacaba en la foto también por su mirada triste muy parecida a la que veía al entrar en su dormitorio. Salvo en eso no se parecía en nada mas a la persona postrada en la cama. Ahora parecía años mas vieja que mi madre y que mi tía Marisa.

Un día justo cuando acababa de besarme y deleitar mis oídos de niño le pregunte:

—Tía ¿que le pasa? ¿porqué está malita?

—No lo sé hijo mío, pero siempre me encuentro mal. No tengo fuerza para nada, por no tener no tengo ni ganas de comer.

—Y el médico ¿no te pone inyecciones para que te cures? —le dije

—No, hijo, no. A mi me cuida Joan, él me da todo lo que necesito.

En las conversaciones de mis padres decían que lo que le pasaba a Pura es que era una gandula, que siempre lo había sido, y por eso se había metido a puta, en lugar de dedicarse a cocinar y a fregar que es lo que hacían las mujeres decentes y no a abrirse de piernas con cualquiera. No dudaban que Joan tenía alguna amante entre sus pacientes y que ya le iba bien que Pura estuviese todo el día en la cama.

Al poco tiempo de la boda Pura tuvo un aborto complicado y nunca mas volvió a quedarse embarazada a pesar de las aplicaciones de manos, los sortilegios y los revolcones que Joan le proporcionaba. Pura se fue apagando. La pena y las complicaciones que quedaron después del aborto fueron matando en muy poco tiempo la pasión y no quedó nada en su lugar. Joan, consciente que la boda había sido un gran error que solo había servido para causarle grandes problemas con su familia, con sus amigos y en su trabajo, dejó el puesto de encargado y se dedicó a de curandero en el vecindario. Debía de hacerlo bien pues tenía siempre gente esperando y de la voluntad y las propinas fueron malviviendo.

Al empezar un nuevo año llegó la noticia de que Pura había fallecido. Visitamos la casa una vez mas y mi madre se despidió de su hermana con un último beso. Yo no quise ni entrar a verla pues si en vida me daba miedo aquella habitación oscura mas me daba ahora con un muerto dentro. Me quedé en el comedor con Irene, una paciente de mi tío, que muy atenta atendía a todas las visitas y a mi me preparó una taza de leche con colacao.

Al día siguiente fuimos al entierro.

Nunca mas volví a ver a Joan. Oí que Irene se había mudado a la casa de Joan, que había enfermado al poco tiempo y que pasó unos tres años en cama, sin salir de casa hasta que falleció. Tarde años en volver por Badalona y para entonces ya no había tejares, ni caminos de tierra ni el acueducto. Sobre el Besós hicieron una replica, mucho mas solida y ancha, de la pasarela de el Molinet.
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