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La maldición | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La maldición

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Tenía un despacho normal: ni grande ni pequeño. Una mesa, tres sillas, la suya y dos para las visitas, dos cuadros corporativos, un mueble bajo y una librería a las espaldas de la mesa. Encima del mueble bajo tenía un bonsái de plástico, que parecía de verdad, y un perro blanco de peluche. Sobre la librería cinco jarrones de diversas procedencias. Al poco incorporó un marco con una foto de una mujer de unos cuarenta años, sentada en un bar, posiblemente en algún lugar de Francia, rubia, con un cigarrillo en la mano y sonriendo. Un año después apareció un día otro marco con la foto de otra mujer, de edad similar a la anterior, sentada ante una mesa de celebración, seguramente en una una boda, vestida de negro, con un generoso escote, las manos cogidas entre si a la altura del pecho y mirando hacia el infinito.

Cada año añadía una foto de una nueva mujer y así hasta ocho. El mueble quedó cubierto de marcos y tuvo que ordenarlos para que no se tapasen los unos a los otros. A partir de la sexta fotografía empezó a usar la parte superior de la librería. Para ello tuvo que retirar un par de botijos que desaparecieron de la vista.

Nunca se me ocurrió comentarle nada al respecto, a pesar que acabé teniendo el despacho que estaba justo al lado del suyo y que nuestra relación acabó siendo amistosa, en el sentido que una vez, cada dos o tres meses, tomábamos una cerveza a la salida del trabajo y aprovechábamos para hablar de fútbol, mujeres o política.

Desde la tercera foto que puso se había convertido en el centro de habladurías y suposiciones de las secretarias de la empresa, que le profesaban admiración y repudio simultáneamente. A él no le importaba en absoluto y solo le provocaba algún comentario irónico, muy de vez en cuando.

Aquel día, al pasar ante su despacho, vi que había puesto, en el centro del mueble bajo, una nueva foto, algo mayor que las anteriores. Había pasado un par de las antiguas a la parte superior de la librería, donde no quedaba ya ningún jarrón. La foto correspondía, a diferencia de la gran mayoría de las demás, a una mujer de mas edad, con alguna arruga iniciándose en su cara, unos hermosos ojos negros que miraban fijamente al objetivo de la cámara, y daban la impresión que se clavaban en los tuyos. Solo se veía de ella la cabeza, el cuello y poco mas. No se sabía como vestía ni donde estaba, pero al mirarla tenías la seguridad de que su ropa, fuese sencilla o lujosa, lucía elegante encima de su cuerpo. No pude evitar estar parado mas de lo habitual enfrente de la puerta de su despacho. Tanto rato que, él, al verme acabó diciéndome:

—Era mi mujer.

Le pedí disculpas torpemente pues había invadido sin querer su intimidad, pero la atracción de aquella cara, y sobre todo de su mirada, había sido irresistible para mi. Noté que él estaba cambiado. Su expresión, seria como siempre, denotaba el final de un camino.

—Pasa, siéntate—me dijo—hace días que necesito hablar con alguien, y quién mejor que tu… te conozco hace años… sé que no eres mi amigo… también sé como eres… respetuoso con los demás. Escuchas y después nunca repites lo oído. Cuando escuchas, parece que te interesa siempre lo que te cuenten aunque, muchas veces, seguro que no es así.

Y me contó su maldición.

Desde joven se había sentido muy atraído por las mujeres, mas de lo habitual, y a ellas les pasaba lo mismo con él. Con diecisiete años se echó una novia que tenía quince. Con ella se casó después de diez años de noviazgo, que incluían dos años de servicio militar de paracaidista en el Sahara. Desde el primer día él le puso los cuernos, tanto de novios como una vez ya casados. Ella sabía, callaba y aceptaba hasta un día en que él se enamoró, mas de la cuenta, de otra mujer. Le dijo que la dejaba, que se iba a vivir con otra. En contra de lo esperado, ella no se inmutó. Únicamente le dijo:

—Te maldigo a ti y a todas las mujeres que tengas a partir de ahora. No disfrutarás de ninguna de ellas mas de diez meses.

Nunca la había visto así, tan sería. Con el recuerdo de una mirada que le perforaba se fue de la casa.

La primera mujer con la que vivió falleció exactamente diez meses después de que empezasen a vivir juntos. Él lo atribuyó a una simple casualidad, pero cuando el hecho se fue repitiendo una y otra vez, de forma inexorable y cruel, no le quedó mas remedio que aceptar que era la maldición. Pasaron diez años y ocho mujeres, las mismas cuyas fotografías llenaban su oficina. En todo ese tiempo no había visto a su primera mujer. Un día se encontraron, por casualidad, frente a frente en la calle. Los dos, parados uno ante el otro, se miraron un largo rato. El notó una sensación en el estomago que no había tenido desde hacía mas de diez años. Supo que ella también tenía la misma sensación en ese momento: la conocía muy bien. Volvieron a vivir juntos, igual de felices que cuando tenían veinte años. Él no le puso, por primera vez en su vida, los cuernos. A los diez meses, ella le dijo que le quedaban horas de vida. Le besó con el beso mas dulce que jamás le había dado nadie. El le dijo “pero que tonterías dices, cariño”. Al día siguiente la atropelló un coche y murió en la ambulancia camino del hospital.

—Ella lo sabía desde que me encontró en la calle. Sabía que la maldición también la alcanzaría a ella y prefirió vivir conmigo esos diez meses antes que no tenerme nunca mas.

Después calló. Me lo quede mirando un rato, sin saber que hacer ni decir, hasta que me levante de la silla en silencio y salí de su despacho.
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