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La línea del horizonte | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La línea del horizonte

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Hacía una tarde magnifica. Se encontraba bien. Las ramblas a finales de septiembre estaban en su mejor época. Lastima que siguiesen llenas a reventar de turistas, pero si no hubiese tanta gente quizás no hubiesen tenido el encanto que tenían, porque la verdad es que los edificios y los plátanos no eran ninguna maravilla. Le molestaban las casetas nuevas —las antiguas estaban un poco cochambrosas pero tenían un aspecto mas mediterráneo, eran mas ‘rambleras’.


22-9-2011 22:10

Había tenido que irse al bar a tomar una copa, la necesitaba (había vuelto a huir ¿hasta cuando?). El día había sido endiabladamente complicado en el trabajo. Cuando había llegado a casa se había repetido la escena de todos los días: Beatriz borracha, llorando, diciendo que ya no aguantaba mas, que estaba harta de la vida, que todo era una mierda, un infierno, que nada tenía sentido, que no podía resistirlo, que si tuviese valor… ¿qué quedaba de mi Beatriz? era insufrible ver como se deterioraba día a día sin que nada de lo que él había hecho hubiese servido para nada. Si no fuese porque aún la quería tanto…


23-9-2011 20:15

Estaba tranquilo, reposado. No pensaba que pudiera alcanzar este grado de quietud. A la orilla del mar, sentado en la arena, directamente sobre ella, sin toalla ni otra barrera entre ella y su piel. Notaba su calor. “Papá la arena me quema”. El mar frente a él, reposado como él mismo, parecía una inmensa piscina sobre la que flotaban, revoloteaban y pescaban las gaviotas. Un velero se movía en un mar sin viento, tan poco viento que costaba ver que cambiase su posición, tan poco viento que se diría que no había ninguno, si no fuese por las velas llenas. Encendió un último cigarrillo protegiendo la llama de la breve brisa marina, que le acariciaba como les acariciaba a los tres en aquellas tardes de verano.


22-9-2011 23:55

Había vuelto a casa decidido; las copas le habían ayudado, sin duda, a ello. En casa, todo seguía igual, nada había cambiado, nunca cambiaba: lloros, gritos, desesperación. Siempre igual desde aquel día. Al cogerla por el cuello ella no entendía lo que estaba pasando. Su mirada, inicialmente de desconcierto, de miedo, se volvió de agradecimiento cuando por fin comprendió. Sabía que la estaba ayudando a olvidar para siempre, a salir de ese vacío vital en el que cayó aquel día. Cuando dejó de respirar la depositó en el suelo, delicadamente; le besó sus labios, aún tibios, y se vio reflejado por última vez en sus ojos azules.


23-9-2011 21:45

Era casi de noche, el agua seguía calmada, era agradable nadar con esta sensación de tibieza que le rodeaba. No recordaba como estaba en la barriga de su madre pero seguro que la sensación tenía que ser parecida. Solo faltaba escuchar el bum-bum de su corazón y todo sería, posiblemente, igual que entonces: levedad, tibieza, oscuridad. No sabia hacia a donde iba, se mentía, pues lo tenía muy claro: iba mar adentro, nadando, hacia esa línea que hay en el horizonte (¿vamos hasta aquella rayita, cielo? Me tomas el pelo, papá—respondía ella). Cuando llegase seguro que se encontraría con su pequeña, allí, esperándole. Los tres juntos otra vez.

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