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Dios y el diablo | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

Dios y el diablo

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I

La guiri que andaba buscando guerra por la Ramblas yace desnuda, boca arriba, durmiendo, encima de la alfombra de hojas multicolores. El pelo desparramado como si un fotógrafo lo hubiese preparado para realizar unas tomas. Su sueño es tranquilo, profundo podríamos decir. El maquillaje que llevaba ayer por la noche se ha desvanecido y muestra una cara bella. En su cuello lleva un collar fino, quizás de oro, del que cuelga una piedra verde. En la parte inferior del tobillo hay un tatuaje en colores de una mariposa. Una mariposa muy parecida a la que esta posada sobre el pecho del enano que duerme profundamente a la derecha de ella igual que la puta que apoya su cabeza sobre el brazo del enano. El va vestido con una camiseta de tirantes color azul y con unas bragas que, por lo holgadas, es evidente que no son suyas. La puta está desaliñada, con el maquillaje desvaído y el rímel cayendo por sus mejillas como lágrimas secas. De vez en cuando resopla, luego, por unos segundos, deja de respirar para, a continuación, coger aire con urgencia. Lleva puesta una bata abierta que muestra unas tetas con un sujetado de nailon negro. Es toda la ropa que lleva,

La mariposa inicia el vuelo y parece que el imperceptible ruido de su aleteo haya despertado a la joven. Se incorpora y mira a su alrededor, medio dormida aún. Enfrente suyo, con un fondo de montañas, un lago en el que, a pocos metros de distancia, sobresale un peñasco sobre el que hay un par de buitres. Uno de ellos es extraño pues tiene las alas de color verde y el pecho rojo. En una garra lleva una flor parecida a la de los nenúfares, en la otra garra lleva un gusano grande o quizás una serpiente. El otro buitre está comiendo del cadáver de un animal.

De cerca de la isla salen dos arcos iris, el interior más intenso que el exterior , entre ambos el cielo es más oscuro. La luz del arco iris da color a las hojas de las plantas. Ella se restrega los ojos como para acabar de despertarse y su cara demuestra una intriga que se acentúa, aún mas, al ver al enano y a la puta.

Aún no le ha dado tiempo de entender el entorno cuando ve, por la izquierda, aparecer un hombre. Tiene el pelo blanco y la barba rala. Viste pantalones de cuadros y una camiseta Lacoste de color rojo. Al hombro lleva una bolsa llena de palos de golf. Se acerca caminando tranquilamente y al pasar por su lado la saluda. Buenos, días señorita. Buenos días responde ella. El hombre sigue su camino hasta que unos metros más allá se detiene. Parece que busca algo. Deja la bolsa en el suelo y escoge un palo. Se sitúa en posición de golfista y ensaya varias veces un golpe que finalmente ejecuta mostrando una gran técnica. Una bola sale volando y se pierde a lo lejos. El hombre sigue con su mirada la trayectoria y por la sonrisa que se ve en sus labios parece satisfecho. Guarda el palo en la bolsa y se la coloca de nuevo al hombro. Coge el móvil, que acaba de sonar, lo mira con incomodidad, contesta al SMS y lo vuelve a guardar. Da media vuelta y se dirige de nuevo hacia la chica. Hasta la vista señorita, dice. Hasta la vista responde ella. Se dirige hacia la roca del lago y al pasar junto a los buitres saluda a uno de ellos. Que tengas buen día Nejbet. Que tenga buen día señor, responde el buitre de colores mientras que el otro sigue picoteando en la carroña.

El hombre se dirige hacia el arco iris de color más intenso y subiendo por él, desaparece en el cielo.

La puta y el enano siguen durmiendo plácidamente.


II

Habían sido dos semanas muy intensas pero muy productivas. Por suerte los clientes estaban casi todos concentrados en Nueva York y solo tuvo que hacer dos desplazamientos: uno a Filadelfia, que hizo en un solo día, y el segundo a Washington que le tomó un par de días.

La rutina era siempre la misma, fuese en el despacho del cliente, en la suite que ocupaba en el Ritz de Central Park, o en la Sala Este del Restaurante Per Se.

En alguna ocasión tuvo que usar una de las cinco presentaciones que llevaba preparadas en su Mac Book Air, cosa que le molestaba profundamente pues le hacía parecer un joven ejecutivo, pero eso había sido la excepción. Era fácil entenderse con personas inteligentes y mas llevando un buen producto, de garantía, como el que ofrecía.

La primera semana la había dedicado a visitar los clientes mas alejados. La reunión con Glenn Hubbard, el decano de la escuela de negocios de la Universidad de Columbia, había sido una maravilla. En quince minutos habían llegado a un acuerdo.

En Washington tanto Greenspan como Paulson, algo menos Lockhart, le habían complicado la reunión a base de dudas fingidas y de regateos mas propios de un vendedor de diamantes de la Quinta Avenida, que de los cargos que ocupaban. Le había sorprendido especialmente Greenspan, al que conocía de cuando era estudiante en Columbia, que evolucionaba a peor de un año para otro. Tanto en él como en los otros dos se notaba la influencia de llevar años metidos en el mundo de la política. Tuvo que hacer mas concesiones de las habituales, pero al final llegó a un acuerdo con cada uno de ellos. Este acuerdo, sin ser básico para sus posteriores reuniones, era importante para facilitarle mucho la firma de nuevos contratos.

De vuelta a Nueva York la cosa fue rodada. El poder mostrar los resultados obtenidos en Washington, sobre todo el acuerdo con Greenspan, facilitó mucho las cosas. Pensaba destinar casi dos semanas a las negociaciones y en poco más de una las había cerrado todas.

Martin Feldstein, en AIG; Richard Fuld de Lehman Brothers; Stanley de Merrill Lynch, Daniel Mudd de Fannie Mae, Lloyd C. Blankfein de Goldman Sachs; Luis Isasi de Morgan Stanley y por último David M. Cote de JP Morgan, la crème de la crème del mundo financiero. Siempre había preferido negociar con empresarios que con políticos, aunque los no introducidos en estos temas piensen que es más fácil.

Satisfecho y después de comerse un plato de ostras y perlas en Per Se, su restaurante favorito, miró un mensaje de su agente en España, lo reenvió a su ayudante (no le interesaban los contratos con particulares), bajó por las escaleras de la estación de metro de Columbus Circle, dejando a un lado la bola del mundo sujetada por cuatro águilas, y se fue a su casa.


III

Entré en aquel bar porqué estaba lloviendo con intensidad. Cuando había salido de casa el cielo estaba cubierto por unas nubes casi transparentes que no hacían presagiar que iba a llover tanto y no había cogido el paraguas. La lluvia me pilló en Las Ramblas y entré en el primer bar que encontré que tenía un aspecto razonable. Me senté en una mesa del fondo lejos del ajetreo de la calle. En la mesa de al lado lo vi a él. Al principio no le hice demasiado caso, era el típico que se pasa todo el rato manipulando su teléfono móvil, sin prestar atención a nada de este mundo. Pedí un café con leche con la leche templada. Al cabo de un buen rato le miré de reojo. Su actitud iba mucho mas allá de la de un adicto al móvil pues se mostraba muy agitado y nervioso, sus dedos saltaban compulsivamente de una tecla a otra de su Blackberry. No pude evitar girar la cabeza y mirarlo fijamente, primero a sus manos para luego acabar con mis ojos clavados en su semblante. Realmente aquel hombre lo estaba pasando muy mal.

Al cabo de mucho tiempo durante el cual no pude mover mi mirada, él, como si hubiera tenido un instante de lucidez me miró olvidándose del teléfono y de sus teclas. Su mirada transmitía un “ya lo se, lo que hago no es normal, pero si sintieras lo que yo siento, me entenderías”, y para confirmar ese mensaje me hablo.

—No, no estoy loco. Ya se que piensa que lo estoy, pero no lo estoy a pesar de lo que me ha pasado y me está pasando aún.

Yo no sabía si negar mis evidentes pensamientos con un “no, se equivoca, yo no estaba pensando nada parecido a eso”, seguirle la corriente o apurar el café y levantarme de la mesa. No hice ninguna de las tres cosas, me quedé quieto mirándolo.

— Veníamos a este bar muy a menudo cuando éramos jóvenes. No era como ahora un bar para turistas, era un frankfurt como otros muchos en Barcelona, con la ventaja de que este salón apartado estaba solitario a las cinco de la tarde. Además el camarero era muy comprensivo con nosotros.

Yo no tenía muy claro, a pesar de sus ojos fijos en mí, si me estaba hablando o estaba recordando para si mismo en voz alta.

—Lo dejamos cuando yo tenía diecinueve y ella diecisiete… solo dos años…, nunca mas supimos el uno del otro hasta hace cuatro meses en que nos encontramos casualmente en Facebook. Y ahora, solo cuatro meses después, se está muriendo de cáncer.

Yo no sabía en absoluto que decir y opté por levantarme de la silla. El me cogió suavemente del brazo y me dijo:

—No se vaya, por favor. Necesito hablar con alguien aunque sea con un extraño como es usted.

El tono de su voz tuvo mas fuerza para detenerme que su brazo. Volví a sentarme.

—No le entretendré mucho y si se quiere ir ahora mismo hágalo, yo no soy nadie para retenerlo aquí.

Me senté otra vez y volví a mirar su cara que ahora reflejaba angustia, miedo y una melancolía como no había visto nunca reflejada en la cara de nadie.

—Imagínese después de treinta y cinco años vuelves a encontrar a tu único amor y descubres que también eres su único amor. Lo dejamos todo el uno por el otro, vivimos dos meses de una felicidad que nadie puede ni siquiera imaginar, y ahora se está muriendo, sin solución, sin tiempo para disfrutar, sin tiempo alguno.

—Lo siento mucho, pero…

—No, no hace falta que lo sienta. Se lo agradezco, pero …

El tono de sus palabras reflejaban la atroz angustia que llevaba en su interior.

—Los médicos no han dejado ni una brizna de esperanza. He intentado “otras cosas” pero tampoco me han funcionado.

Intrigado por el tono enigmático de estas últimas palabras me atreví a preguntar

—¿Otras cosas?

—Contactos especiales que me ha proporcionado un amigo mío, pero…— y como continuación de la respuesta me enseñó primero un SMS en que decía “No puedo atenderlo pq estoy en medio partida golf. Acuda a su párroco o rece un rosario” y un segundo en el que se podía leer “No interesan almas de particulares solo al por mayor si tiene alguna oferta mas interesante envíe otro SMS”.
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