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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

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Francisco no sabía como podía haber aceptado aquella invitación. No tenía ningunas ganas de ir, pero respondió con un “de acuerdo” al sms de Enrique, que proponía quedar con él, dos días después en un bar de Rambla de Cataluña.

Sabía de Enrique, lo que le había contado Marta, que era de su edad; que le gustaba ir en bicicleta; que trabajaba de auditor y que había tenido un sentido del humor parecido al suyo. Te llevarías bien con él, le había dicho, si pudieseis conoceos. Sabía que, al poco de casarse con Marta, un día salió de casa a comprar unas pizzas y lo atropelló un coche. Estuvo a punto de morir, perdió memoria y se volvió agresivo. Con el tiempo fue perdiendo agresividad, pero desarrolló diferentes manías.

Una de ellas fue la obsesión por el orden. Recordaba Francisco los ridículos inconvenientes que eso supuso al principio en su relación con Marta. Como, después de una tarde de amor en el apartamento de la costa, tenían que revisar hasta el mas pequeño detalle para que Enrique no sospechase nada cuando el próximo fin de semana: el orden de la colocación de los cojines en el sofá; los vasos que estaban a secar, los que estaban en el armario; la posición exacta de las cortinas; cuantas vueltas había que dar a la llave al cerrar la puerta al irse. Ahora se reía al pensar la tarde que pasaron intentando disimular una quemadura que él había hecho distraídamente al dejar el cigarrillo en la mesa del comedor y el miedo que tenía Marta a ser descubierta. Miedo que con el tiempo se le fue pasando hasta no importarle demasiado, deseando ser descubierta para evitar tener que tomar la decisión de romper con Enrique.

Tan poco le llegó a importar que, aprovechando que Enrique se había ido de viaje, lo invitó a pasar unos días a su piso. A Marta ya no le importaba que les viesen las vecinas mientras él arrastraba una maleta y la metía en el ascensor. Ella se cogía de su mano, sonriéndole con cara enamorada, mientras saludaba sin rubor a cualquier vecina con la que se cruzaran.

Así pasaban las semanas, ellos desordenando cada vez mas el apartamento los martes, los miércoles o los jueves, y Enrique aparentando que estaba todo en orden los viernes, cuando llegaba de fin de semana, y que su matrimonio seguía igual a pesar que le llamasen ‘chesco’, ‘grandullón’ o ‘bichito’ en lugar de ‘guapo’, ‘cariño’ o ‘quique’.

Después, con ella ya en el hospital, se cruzaban cada día, —uno entraba, el otro salía—, en el largo pasillo que va desde la puerta de entrada a los ascensores. Francisco lo conocía por una foto que Marta le había enseñado una vez, después por verlo cada día en el pasillo. Ella lo llamaba en cuanto Enrique salía de la habitación. Pagaba el café con el que estaba haciendo tiempo, e iba deprisa para aprovechar hasta el último minuto. Mientras disimulaba al cruzarse con él en el pasillo se preguntaba como era posible que Marta hubiese vivido tantos años con un hombre tan vulgar.

El día en que Marta falleció, Enrique le llamó por teléfono para decírselo. Le volvió a llamar por la tarde para decirle a que hora la exponían en el tanatorio y, una vez allí, le acompaño a verla. Le agradeció la gran ayuda que había supuesto para Marta sus últimas semanas. No le explicó, no obstante, por qué escondía cada mañana, en el hospital, el gato de cerámica que le había regalado a Marta y que Francisco volvía a poner otra vez en la cabecera de la cama cada mediodía. Realmente se portó de manera muy atenta y educada.

Francisco llegó primero al bar de Rambla de Cataluña en donde había quedado citados y esperó en la barra bebiendo una caña. Allí lo encontró Enrique.

Francisco lo había visto muchas veces, pero se dedicó a observarlo como si fuese la primera vez. Sentía una mezcla de lástima y de odio. No entendía como se podía llegar a arrastrar tanto el amor, fingiendo día a día durante meses; sabiendo que tu pareja te rechaza cada noche; sabedor que usa tus camas para ponerte los cuernos, la de tu casa y la del apartamento; callando cuando ves que la cama está revuelta después de haberla dejado perfectamente hecha el domingo; que hay vasos a escurrir cuando los habías dejado todos recogidos; o que la mesa tiene una quemadura de cigarrillo y tu no fumas y ella tampoco. Lo odiaba porque él había podido disfrutarla mas de veinte años; habían viajado por medio mundo; habían follado durante todo ese tiempo; era lo primero que veía cada día al despertar y lo último antes de dormir. Ellos, solo durante unos pocos meses, se habían despertado juntos una docena de veces y una docena de veces se habían dormido abrazados.

Después fueron a cenar a un restaurante cercano que escogió él. Pidieron la cena: carne los dos, muy poco hecha, dijo Francisco, al punto, dijo él. Él también pidió el vino, después de preguntarle a Francisco y que éste contestará que tenía mala memoria para los vinos, que solo recordaba tres marcas: una de tinto, una de blanco y una de cava, mientras pensaba que solo los pedía en ocasiones especiales. Esteban pidió un Rioja tinto de la casa que resultó agradable.

Hablaron educadamente mientras cenaban, se contaron parte de sus vidas, lo que hacía el uno, lo que hacía el otro. De ella hablaron poco, menos de lo que se podía pensar, a ninguno de los dos le apetecía. Él dijo alguna frase aislada sobre ella: tu empezaste el ciclo, yo lo acabé, mientras que Enrique pensaba que el ciclo lo había empezado y acabado él mismo.

Con los postres se quedaron callados, a Francisco le asaltó la pregunta ¿qué estoy haciendo aquí? Se preguntaba, también, por el silencio de él ¿en que estaría pensando? ¿en Marta quizás? ¿en el hijo de puta que tenía delante?

Después de cenar fueron a una coctelería cercana y estuvieron tomando las últimas copas. Con la bebida Enrique se abrió y empezó a contar detalles de su relación con Marta. Lo mucho que le debía después del accidente, pues luchó lo indecible para que dejase de ser el imbécil en que había convertido. Sabía que había hecho muchas estupideces como aquella locura que duró años de cambiar árboles de sitio sin saber porque ni para qué. También era consciente de que volvió muy egoísta y no entendía como Marta lo había aguantado tantos años. Insistió, no lo entiendo.

Explicó que a las pocas semanas de que Francisco y Marta empezaran a salir ya se había dado cuenta, ¡había que haber sido muy estúpido para no hacerlo! dijo. El pequeño desorden en el apartamento, la mesa quemada, todos esos detalles le dijeron que Marta tenía un amante. Supo también de las visitas a su piso mientras él estaba de viaje, que el acompañante era rubio, alto, el color de la maleta, que aparcaba otro coche en su plaza del garaje. A los vecinos, aclaró, les encanta siempre darte malas noticias y mas si están relacionadas con traiciones y con cuernos.

¿Porqué no hiciste nada? le preguntó Francisco. Por lo mismo que tu te veías con ella, te acostabas con ella, reías con ella: porque la quería, respondió, añadiendo a continuación “No me mires con esa cara de sorpresa, te lo explicaré”. Le explicó que hacía unos pocos meses, antes de empezar todo, notó que Marta tenía síntomas extraños, que se cansaba mas de lo normal y que le dolía un brazo. A los pocos días le tocaba una de las revisiones periódicas de rutina, normal por haber sufrido antes un cáncer. Cuando vio que la revisión no acababa con un ‘hasta dentro de seis meses’ como siempre, tuvo la certeza que las cosas iban mal, que aquello se acababa. Los posteriores análisis confirmarían los temores iniciales. En eso se dio cuenta que Marta tenía un amante, supo que el amante había sido su primer novio, que no había dejado nunca de quererle. Tenía dos alternativas: poner de manifiesto su ira o callarse, y escogió la última pues vio que ella estaba igual de enamorada que una chiquilla de quince años, que hacía muchos años que no la veía tan feliz como ahora. Eso, a pesar, que su relación se enfriase mas todavía, que ella durmiese en un extremo de la cama, casi en el borde, que lo llamase ‘grandullón’ y que no aceptase nunca mas una caricia. Sufrió, sufrió mucho, pero recordando lo que ella se sacrificó por él cuando aún era una mujer joven, como perdió años enteros de su vida ayudándole a recuperarse del accidente, tuvo claro que lo menos que podía hacer por ella durante el tiempo que estuviese viva era no hacer nada que impidiese que fuese feliz. Ocasionalmente usó su ironía mandándole mensajes como el referente al ‘fantasma’ que había en el apartamento de la costa que movía las cosas de sitio, o la de su mala memoria al no acordarse que la mesa de centro tenía una quemadura que fue hecha aquel día en que vinieron aquellos amigos que fumaban.

Después lo estuvo viendo, día si y día también, cruzándose con él, siempre a la misma hora, en el hospital con la seguridad de que Marta le llamaba al salir él por la puerta. Que dudó en llamarle para decirle que Marta había muerto e invitarle al velatorio y al funeral, pero al fin decidió que nadie había hecho nada malo, que el amor es así, a pesar que en ciertos momentos pensase justo lo contrario. Lo de salir hoy era por que ella le había dicho en una ocasión que si lo conocieses seguramente os llevaríais bien, que teníamos un sentido del humor parecido y por conocer como era el amante de su mujer. Que Marta tenía razón puesto que le caía francamente bien.

Al despedirse solo le pidió como último favor: no verse, ni llamarse, nunca mas. Dijo que si lo encontraba por la calle pasase por su lado fingiendo no conocerlo, que él haría exactamente lo mismo. Francisco le dijo que no se preocupase que ni lo llamaría ni lo saludaría y, si alguna vez lo veía por la calle, fingiría no verlo. Después se despidieron.
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