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El Porsche | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

El Porsche

Porsche 911

Como cada domingo a las ocho de la tarde por la tarde cerró la tele, se puso los zapatos y cogió las llaves del coche y la tarjeta del parking. Como había empezado a refrescar cogió la gabardina y salió de casa. En el rellano se encontró con el matrimonio que vivía enfrente suyo:

—Buenas tardes que ¿de paseo?—dijo

—Sí, ya lo ve. Aprovechando que aún hace buen tiempo vamos a dar una vuelta — le respondió el hombre mientras que la señora asentía sonriendo.

—Parece mentira que estemos a principio de octubre con el tiempo que está haciendo, aunque hoy ha refrescado un poco.

—He oído en la tele que mañana lloverá —dijo por fin la mujer

—Ha refrescado pero no mucho. Yo sigo saliendo en manga corta a la calle—dijo el marido sin prestar atención a lo que había dicho ella.

—Cuatro gotas, como siempre. Hace años que no llueve de verdad aquí en Barcelona— continuo ella.

Al llegar a la planta baja salió y aguantó la puerta para que saliese el matrimonio. Cuando alcanzaron la puerta de la calle se entretuvieron un rato, el vecino y el mismo, en una corta y caballerosa discusión acerca de quién salía primero. Por fin salió el primero se despidió de ellos y se dirigió hacía el garaje que estaba unos diez metros calle abajo. Oyó, en la soledad de la tarde de domingo como los vecinos iban tras él y entraban asimismo en el garaje. No se giró. Bajó por la rampa de entrada de vehículos en lugar de hacerlo por la puerta de peatones. Al llegar abajo se dirigió hacia el coche que estaba aparcado en una esquina de la planta. Una vez dentro del coche vio llegar a los vecinos, les vio entrar en su Mercedes clase S de color verde plateado, arrancar el coche y desaparecer por el pasillo del parking. Se habían visto todos entre sí pero los tres hicieron como si no hubiese sido así.

Ya a solas con sus pensamientos tocó con cariño el volante de cuero negro acariciándolo como se acaricia el cabello de una amante. Introdujo la llave y arrancó el motor. El sonido lo llevó a otros momentos y tiempos. Dio gas y el ligero temblor del vehículo se multiplicó por sus musculosa hasta llegar hasta el mismo corazón y se acordó de Beatrice, la chiquita francesa que tanta felicidad le había dado. Se acordó de su mirada, de su cara, de su sonrisa. Se acordó de aquel día en que iba con este mismo coche desde Tossa hasta Sant Feliu, con la capota abierta, el viento dándoles en la cara. Ella, con aquella blusa verde de generoso escote, las gafas Rayban Clubmaster, la rubia melena flotando al aire. El coche siguiendo dócilmente la sinuosa carretera enmarcada entre los árboles y las vallas tras las que se asomaban los cortados que llegaban hasta el mismo mar. En la radio sonaba Johnny B Goode. Siempre le había encantado el ritmo de esa canción. Empezaba a atardecer.

Al llegar a la altura de Las Pedreras desvió el coche y lo paró en un claro junto a la carretera.

—¿Qué haces?—preguntó Beatrice

—Tengo ganas de pasear un poco ¡hace una tarde tan esplendida! ¡vamos, baja!

Ella le hizo caso y bajó del coche. La cogí de a mano e iniciamos el camino hacia el acantilado. Al llegar a él nos sentamos en una piedra y contemplamos el mar.

—Es una vista preciosa—le dijo

—Si— contestó ella

—Es una lástima

—¿Qué es una lástima?—preguntó

—Que sea la última vez que la ves.

Mientras Beatrice caía acantilado abajo no puede evitar mezclar esta imagen borrosa por las lágrimas que le inundaban los ojos con otra imagen en donde ella estaba en brazos de otro, como había visto en un rincón oscuro de la piscina del club hacía poco más de dos semanas. Con una sensación de libertad como no había tenido en su vida, se subió al coche y arrancó dirección a Sant Feliu.

De vuelta a la realidad presente, cerró la capota del Porsche, apagó el motor y salió del garaje. Justo al llegar a casa su mujer le dijo que llamase al señor. Así lo hizo.

—Sí, don Ramón. Si, lo he tenido diez minutos con el motor en marcha… la capota la he hecho subir y bajar tres veces como usted me ha dicho que haga.

—…

—No, no, hoy no le he pasado la gamuza. Es que estaba aún limpio pues se la pasé antes de ayer.

—…

—Estupendo…que tenga buen viaje, señor… si…en un mes le vemos… buenas noches

Colgó el teléfono y dirigiéndose a su mujer dijo:

—Sabes, Beatriz, me he encontrado a los señores de enfrente al bajar en el ascensor. Hemos bajado los tres juntos. Don Alberto es muy amable. Por cierto que su esposa está cada día más gorda— como tú, pensó, y se sentó a ver las noticias en la tele de la cocina.
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