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Carpe diem | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

Carpe diem

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Paseas por Barcelona en Navidad, el centro es tu hábitat. Ahora se hace pronto de noche, a las cinco y pico, o a las seis. Las calles están como siempre en esta época, a reventar de gente. 

Te acercas a la Puertorriqueña y compras cien gramos de té verde, de ese chino que es mas suave para tomar sin menta. 

Vuelves hacia plaza de Cataluña por la acera de la izquierda. Pasas por delante de la farmacia Nadal, antiga Dr. Masó (con una s), de un Pita Inn, de un Pans and Company, cruzas Tallers. Miras unos zapatos en Casas (¡que caros, dios!), una máquina de fotografiar (reflex evidentemente) en Panorama Foto. Dejas atrás el restaurante Pasta Fiore (fotocopia de otros tantos), y llegas al Baviera. 

Te quedas un rato mirando su interior como otras muchas veces. Los camareros ahora son extranjeros (¿filipinos? ¿chinos quizás?). Sigue la misma fachada blanca con el mismo rótulo, “Cervecería”, en amarillo encima de la puerta. A su lado una talla en madera de un caballero armado con una lanza, a caballo (el caballo con un vestido a cuadros verdes y blancos). Encima las tres ventanas de hojas de cuadriculas de madera, escasamente semicirculares, con macetas de color violeta que albergan unas plantas  descuidadas. Y enmarcándolo todo cuatro farolillos con forma de pirámide truncada. 

¿Entras hoy? Miras al interior otra vez. A la izquierda el mostrador con un aparador bajo lleno de tapas. A la derecha mesas. Al fondo el salón que se ensancha, con una zona protegida a la vista del exterior por una pared. Está igual que entonces pero ahora huele a fritanga y no a salchichas de frankfurt en la parrilla.

Entras por fin y te vas directo al salón del fondo, a la primera mesa, a la que está detrás de la pared. Te sientas y pides una cerveza “una caña de barril, por favor”. Hoy no enciendes un cigarrillo, está prohibido, ni pides dos cafés, uno normal y otro descafeinado. Tampoco abres un libro de Borges para leer cuentos mientras esperas,  porque hoy no tienes a quién esperar.

Llega una pareja. El debe de tener diecisiete años, dieciocho quizás. Es alto, espigado dirían en Murcia. Ella parece algo mas joven y es pequeña de cuerpo, de poca estatura, delgada, “poquita cosa”. Se sientan lo mas alejados que pueden de ti y piden una caña y un café. Hablan, se ríen por todo, se miran a los ojos con deseo ¿sabrán que su mirada dice tanto? No paran de hablar, de reírse, de mirarse a los ojos. Tan diferentes,  tan iguales.

Después de observarlos un buen rato, demasiado, te levantas y vas a la barra a pagar. Los miras por última vez, de reojo, y ves como se están besando apasionadamente. “Carpe diem quam minimum credula postero”, les deseas.

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