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Un rincón para llorar | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

Un rincón para llorar

El grito2

—Tomate un gelocatil para el dolor de cabeza ¿te preparo uno?

—Si, por favor, me duele mucho.

Después la ambulancia de urgencias. El coma inducido. Las primeras palabras del médico diciendo que ha tenido una hemorragia cerebral muy severa; no hace falta ser médico para entender las consecuencias. Las lagrimas de desesperación, allá en un rincón para que nadie te vea, incluso en estas circunstancias te escondes para llorar a solas. La operación de urgencia para colocar una sonda que baje la presión del cerebro. Los escáneres. El cuerpo tumbado inerte, con decenas de sensores, en la cabeza, en el percho, en los dedos. La cabecera de la cama con seis pantallas controlando todos los signos vitales. La presión: máxima 120, mínimo 64. El pulso regular, constante a 64 pulsaciones por minuto. Dormida, dormida para siempre, un día tras otro con visitas a la una y a las ocho. Ninguna mejoría. Todo igual, el pulso, la presión. El último escáner ha detectado daños importantes en zonas vitales del cerebro, te dice el médico. ¿Qué alternativas quedan? preguntas. Ninguna, te responde. Al día siguiente te preguntan si tenía alguna objeción a ser donante. No, respondes. Vas a verla y ves que la presión máxima está a 64 y el pulso a 130. El cerebro se defiende hasta el final, piensas. No quiere morir, yo tampoco quiero que lo haga, pero lo acaba haciendo y vuelves a llorar, otra vez en un rincón, solo. Escoges una falda larga de flores, una blusa blanca con bordados y una chaqueta, también blanca, ligera, amplia. Te dicen que no hacen falta zapatos y por eso no los eliges. Pides que todas las flores sean rosas rojas, como las que le regalabas en su cumpleaños, una por cada año que cumplía, el año que te acordabas. Nada de funeral, ni religiosos ni laico. El dolor no es para compartirlo, pertenece solo a los que la querían. La ves quieta tras el vidrio, como dormida en el ataúd, pero sabes que no es eso, que no está durmiendo. La despides antes de que la incineren y vuelves a buscar un sitio solitario para llorar por penúltima vez. Sabes que lo volverás a hacer cuando recojas la urna con sus cenizas, por eso cada día lo dejas para mañana.
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