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La sombra | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
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Cuentos cortos imaginativos y nihilistas

La sombra

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Al subir por las escaleras vio una sombra que se cruzaba con él fugazmente sin tiempo de saber a que correspondía. Se paró en seco entre asustado e intrigado. ¿Voy a ver que es eso? Se preguntó con igual intensidad que la necesaria para averiguar el origen de la vida, su posterior desarrollo a lo largo de los siglos y la posibilidad que esta hubiese aparecido en planetas lejanos y hostiles. ¿Cómo serán los seres vivos de una galaxia lejana? pensó olvidado ya de la sombra, de la escalera, pero no así del picor que tenía en la espalda en esa zona en la que es imposible llegar con ninguna de las dos manos para rascarse. Se acercó a la esquina de la caja del ascensor e intentó rascarse restregándose contra ella, a la manera que había visto hacer a los caballos con los árboles en el pueblo de su abuelo allá en Asturias, donde solía de pequeño, pasar los tres meses de verano entre vacas, prados, caballos y queso de aquel que olía tan fuerte. Ahora le gustaba el Cabrales, aunque no era su favorito pues prefería el Idiazábal seco (el semi seco no lo aguantaba), pero de pequeño la peste a pies que le llegaba a la nariz cada vez que su abuelo lo ponía encima de la mesa le recordaba los de su padre cuando se quitaba los zapatos al llegar a casa después de trabajar en la fundición. Aquella fundición impregnaba de humo y de hollín todo el barrio, y hacía que la ropa que tendía su madre se llenase, cuando se despistaba más de la cuenta a la hora de retirarla una vez ya seca, de un polvo fino de color gris oscuro. Incluso había veces que tenía que volver a lavarla a mano en el mismo fregadero en que su padre se aseaba cada día al volver del trabajo y en que su madre lo duchaba / lavaba / rascaba cada sábado por la mañana, al regreso del mercado donde había hecho la compra. En casa nunca comíamos queso. No le gustaba a mi padre, y como no le gustaba a él, no le gustaba a nadie.

En todo esto se dio cuenta que se hallaba en mitad de la escalera, sin saber si subía o si bajaba, y que se había quedado sin tabaco. Había intentado dejar de fumar como diez o veinte veces sin haberlo conseguido por más tiempo que un par de días. La vez que se lo tomó mas en serio fue cuando María, uno de sus amores,le dijo que besarlo a él era lo mismo que lamer el fondo de un cenicero. Estuvo dudando durante unos días y después de intentar dejar el tabaco, decidió que era más fácil y más barato cambiar de amor. Ella nunca entendió porque la había dejado y menos después de que él le dijese que sería mejor estar un tiempo sin verse para aclarar las ideas. Ni el polvo siguiente a esa frase sirvió para que cambiase de opinión y menos aún cuando, en medio de la faena amatoria, ella le dijo “Cariño tendrías que dejar de fumar. Hazlo por mí”.

Estaba ya mitad de camino de la calle cuando la sombra fugaz volvió a cruzarse con él, ahora subiendo escaleras arriba. Se giró para ver si distinguía algo y lo único que vio fue a la vecina del octavo que estaba bajando, de tanto cavilar no había oído el tac-tac de sus zapatos en los escalones de madera. “Mira que ha engordado esa chica desde que se casó hace dos años”, pensó, “con lo buena que estaba y como ha desmejorado. Aunque al marido le ha pasado lo mismo. Bueno lo mismo no, él está aún mas gordo”. La dejó pasar con la excusa de anudarse el zapato derecho en posición extraña, pues en vez de mirar los cordones miró primero las piernas de la vecina y a continuación, conforme ella avanzaba, al poderoso culo a escasa distancia de su nariz en la estrechez de la escalera. “Tiene un buen polvo a pesar de su dimensión”.

Con tanto mirar y pensar, lo que había conseguido era desatarse los cordones precisamente en el momento que el automático de la escalera, ese que está pensado para ahorrar electricidad, lo dejó a oscuras. “Solo sirve para que se apaguen las luces cuando se te caen las llaves al suelo o cuando llegas al escalón roto que hay en el tramo entre el entresuelo y el primero” se dijo. “¿Tendrán los extraterrestres sistemas de ahorro de electricidad? ¿Tendrán electricidad? ¿Usarán cordones en los zapatos o mocasines?”

Su abuelo usaba habitualmente zuecos tanto en invierno como en verano, lloviese o hiciese sol, estuviese el suelo seco o embarrado. Solo se ponía los zapatos para ir al médico una vez cada diez años. A la abuela no le gustaba que vistiese el traje de los domingos, para bajar al pueblo, con zuecos. Decía que no combinaban bien. Su abuela era, sin duda, una mujer de buen gusto y de criterios acertados.

Con la mano derecha apretó el interruptor de la luz de la escalera mientras que sin saber porqué palpaba en el bolsillo del pantalón con la mano izquierda, acto por el que se dio cuenta que tenía un paquete de Chester nuevo, el mismo que había comprado diez minutos antes cuando salió de casa a comprar tabaco pues se le había acabado y era incapaz de dejar de fumar. Abrió la cajetilla y encendió un cigarrillo. El humo le recordó por un instante el de la chimenea de la fundición donde trabajaba su padre, pero más blanco que aquel y con diferente olor. Alargó la nariz para volver a aspirar el humo que acababa de soltar desde sus pulmones y comprobó que efectivamente olía a tabaco. ¿Como olería el humo con que ahuman el queso de Idiazabal? No se debía parecer en nada al del tabaco ni al de la fundición.

Decidió volver a su piso con la sensación de que era tarde y que hacía horas que había salido de él a pesar que sabía que solo hacía, como mucho, un cuarto de hora. Echaba en falta a María. Con pocas se había encontrado tan a gusto como con ella y quizás aún valiese la pena dejar el tabaco. Todo esto lo pensaba mientras iba andando con cuidado para no pisarse el cordón del zapato derecho con el izquierdo y caerse al suelo, y mientras que aspiraba con placer el cigarrillo y olía el humo que expiraba.

Paró, cogió el móvil del bolsillo trasero de su pantalón y marcó el número de casa de María. “¿Quieres dejar en paz de una vez a María, cacho cabrón?”, le contestó la voz de Paco que se había casado con María (dentro de un mes haría ya cinco años) dos semanas después de dejarla por lo del tabaco y al que ya conocía de conversaciones anteriores. “¿O te he de volver a pegar un par de hostias otra vez?”. Colgó. Era una mierda que los teléfonos mostrasen el número desde donde se llamaba y que tuviesen agenda. No había sido una buena idea llamarla.

Cuando llegó a su rellano vio que su gato JMS (por Joan Manuel Serrat) lo estaba esperando sentado en la alfombrilla “Bienvenido a la república independiente de IKEA”. Iba hecho un asco de sucio. “Debe haber estado de gatas toda la noche”, se dijo a si mismo. El gato al verlo se levantó, irguió su cola como si fuese el mástil de un velero, empezó a restregarse en su pierna derecha para a continuación mordisquear los cordones sueltos. Lo cogió en brazos mientras abría la puerta.

“¿En Ganímedes habrá gatos? ¿Cuántas colas tendrán? ¿Me quedará queso de Cabrales?”

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